sábado, 4 de octubre de 2008

Pibes bandera



"A veces me agarra dolor de cabeza en el medio del campo. Yo siempre llevo remera con cuello alto para taparme la cara y la cabeza"

Rosario, Santa Fe , publicado en La Capital, de Rosario .

El viejo territorio de La Forestal, la empresa inglesa que arrasó con el quebracho colorado, embolsó millones de libras esterlinas en ganancias, convirtió bosques en desiertos, abandonó decenas de pueblos en el agujero negro de la desocupación y gozó de la complicidad de administraciones nacionales, provinciales y regionales durante más de ochenta años.

Las Petacas se llama el exacto escenario del segundo estado argentino donde los pibes son usados como señales para fumigar.

Chicos que serán rociados con herbicidas y pesticidas mientras trabajan como postes, como banderas humanas y luego serán reemplazados por otros.

'Primero se comienza a fumigar en las esquinas, lo que se llama 'esquinero'.

Después, hay que contar 24 pasos hacia un costado desde el último lugar donde pasó el 'mosquito', desde el punto del medio de la máquina y pararse allí', dice uno de los pibes entre los catorce y dieciséis años de edad.

El 'mosquito' es una máquina que vuela bajo y 'riega' una nube de plaguicida.

Para que el conductor sepa dónde tiene que fumigar, los productores agropecuarios de la zona encontraron una solución económica: chicos de menos de 16 años, se paran con una bandera en el sitio a fumigar.

Los rocían con 'Randap' y a veces '2-4 D' (herbicidas usados sobre todo para cultivar soja). También tiran insecticidas y mata yuyos. Tienen un olor fuertísimo.

'A veces también ayudamos a cargar el tanque. Cuando hay viento en contra nos da la nube y nos moja toda la cara', describe el niño señal, el pibe que será contaminado, el número que apenas alguien tendrá en cuenta para un módico presupuesto de inversiones en el norte santafesino.

No hay protección de ningún tipo.

Y cuando señalan el campo para que pase el mosquito cobran entre veinte y veinticinco centavos la hectárea y cincuenta centavos cuando el plaguicida se esparce desde un tractor que 'va más lerdo', dice uno de los chicos.

'Con el 'mosquito' hacen 100 o 150 hectáreas por día. Se trabaja con dos banderilleros, uno para la ida y otro para la vuelta. Trabajamos desde que sale el sol hasta la nochecita. A veces nos dan de comer ahí y otras nos traen a casa, depende del productor', agregan los entrevistados.

Uno de los chicos dice que sabe que esos líquidos le puede hacer mal: 'Que tengamos cáncer', ejemplifica. 'Hace tres o cuatro años que trabajamos en esto. En los tiempos de calor hay que aguantárselo al rayo del sol y encima el olor de ese líquido te revienta la cabeza.

A veces me agarra dolor de cabeza en el medio del campo. Yo siempre llevo remera con cuello alto para taparme la cara y la cabeza', dicen las voces de los pibes envenenados.

-Nos buscan dos productores.

Cada uno tiene su gente, pero algunos no, porque usan banderillero satelital.

Hacemos un descanso al mediodía y caminamos 200 hectáreas por día.

No nos cansamos mucho porque estamos acostumbrados.

A mí me dolía la cabeza y temblaba todo. Fui al médico y me dijo que era por el trabajo que hacía, que estaba enfermo por eso', remarcan los niños.

El padre de los pibes ya no puede acompañar a sus hijos. No soporta más las hinchazones del estómago, contó. 'No tenemos otra opción. Necesitamos hacer cualquier trabajo', dice el papá cuando intenta explicar por qué sus hijos se exponen a semejante asesinato en etapas.

La Agrupación de Vecinos Autoconvocados de Las Petacas y la Fundación para la Defensa del Ambiente habían emplazado al presidente comunal Miguel Ángel Battistelli para que elabore un programa de erradicación de actividades contaminantes relacionadas con las explotaciones agropecuarias y el uso de agroquímicos.

No hubo avances.

Los pibes siguen de banderas.

Es en Las Petacas, norte profundo santafesino, donde todavía siguen vivas las garras de los continuadores de La Forestal.

Los giros de la historia y sus sorpresas


por Ricardo Forster

Días atravesados por la incertidumbre y por el derrumbe de algunos mitos muy de época, en especial aquellos divulgados por los economistas que dominaron con su ampulosidad verborrágica el escenario de los años 90 y que lograron imponer, en el imaginario colectivo, la idea de un mundo resuelto de una vez y para siempre (claro que lo que no decían era que esa eternidad prometida sólo favorecería a los más ricos profundizando, de un modo inédito, la desigualdad y la pobreza en la mayor parte del planeta).

Zozobra de un sistema económico que, en las últimas décadas, se tragó a la política y al Estado, que se devoró de un solo bocado cualquier alternativa al proyecto iniciado, casi 30 años atrás, por Reagan y Thatcher, afirmando la ingeniosa frase propuesta por Francis Fukuyama del “fin de la historia y de los conflictos principales”, un fin asociado, por supuesto, al triunfo definitivo de la economía de mercado y de la democracia liberal.

Atados a esa idea del mundo, los años venideros prácticamente vieron de qué modo se fueron esfumando los proyectos alternativos, tanto aquellos que hundían sus raíces en tradiciones de izquierdas desahuciadas por sus propios errores y por el avance de un neoconservadurismo arrollador, como aquellas otras perspectivas políticas herederas de los denostados populismos, calificados, una vez caído el comunismo y sus espectros, de nuevo demonio de época, junto, eso también, con el desmontaje de la alternativa socialdemócrata, aquella especialmente ligada al Estado de Bienestar y que acabó siendo funcional a las prácticas neoliberales.

Quedó, en la escena contemporánea, un solo soberano: el mercado y sus nuevos amos hegemónicos atrincherados en la más feroz de las especulaciones financieras. Se iniciaba, junto con el derrumbe del bloque socialista, el reinado del capitalismo salvaje, sistema sostenido en la impunidad, el chantaje, la desigualdad creciente y la impudicia generalizada desde los centros de poder.

La década de los 90 supuso, como parte de esa hegemonía neoliberal, no sólo el desguace entre nosotros del Estado, de sus funciones regulativas e incluso distribucionistas a favor de los más débiles, sino también el vaciamiento de la política, su reducción a instrumento de los intereses financieros cuando no vehículo de corrupción y nepotismo.

La Argentina sufrió, al mismo tiempo, el flagelo del endeudamiento público, la destrucción de su aparato productivo, el desempleo creciente, la profundización de la desigualdad y de la pobreza y, como corolario, la deslegitimación de sus estructuras políticas y jurídicas.

La política quedó boyando en medio de las turbulencias de un mar agitado por la más desenfrenada especulación financiera aliada a la complicidad de políticos y partidos que hacían de la rapiña y de la corrupción una vía de salida de sus antiguas tradiciones populares. La democracia era vaciada de cualquier sentido reparador y emancipatorio para convertirla en una caja vacía al servicio del capitalismo más concentrado y especulativo.

Con dificultades, un cierto giro se operó a partir del 2003 (aunque sin olvidar los costos brutales, para los más pobres, de la salida de la crisis desatada por la caída de De la Rúa y la posterior devaluación implementada por Duhalde); y ese giro revaluó, aunque con problemas no resueltos, la significación del gesto político a la hora de implementar alternativas económicas.

Para decirlo de otra manera: se logró salir del marasmo neoliberal, de sus principales coordenadas, reivindicando los lenguajes y las prácticas de la política como verdadero orientador de una sociedad. Se buscó, aun con contradicciones y debilidades, recuperar la función del Estado, su capacidad de intervención y, fundamentalmente, de ofrecer alternativas que pudieran revertir la tendencia de las últimas décadas a la acumulación de la riqueza en cada vez menos manos.

Algo se logró, y lo que se hizo tuvo que ver con eludir las ideologías del mercado y sus discurseadores. ¿Se habrá terminado ese tiempo? ¿Estaremos entrando, a contramano de lo que ocurre en un mundo desconcertado por la brutal crisis de los mercados financieros, en una etapa regresiva atrapada nuevamente por los fantasmas del endeudamiento? Ciertas señales son preocupantes.

¿Éstas serán las consecuencias de la derrota en el Senado de la resolución 125? ¿Comenzó a devaluarse, como antes, la política ante los gurúes de la economía? Se encienden las luces rojas, no esas del semáforo del Clarín ni la de las que suelen prender los “mercados” cuando alguno de sus intereses es puesto en cuestión, sino las que importan en el interior de un proyecto democrático y distribucionista.

La reapertura de las negociaciones con los fondos buitre, en particular aquellos que no aceptaron el canje propuesto en el 2005, no parece representar un gesto de soberanía ni corresponderse con la línea seguida hasta ahora por Néstor Kirchner –durante su mandato– y Cristina Fernández. Parece, antes bien, un retroceso, el abandono de una política que le permitió al país entrar en este desbarajuste de la economía mundial más o menos bien posicionado.

¿Es tiempo de abandonar ese modelo para regresar al anterior que generalizó la crisis, el endeudamiento y la catástrofe social? Tal vez veamos de qué manera la ofensiva agromediática, aquella que permitió doblarle la mano al Gobierno en la lucha por imponer políticas regulatorias indispensables, debilita lo bueno realizado hasta ahora, en especial lo ligado a un mejoramiento de la distribución y a una recuperación efectiva de los salarios, para dejar su lugar a recetas ortodoxas que fueron específicamente rechazadas en estos años. No hay dudas que ellos van por más. ¿Está el Gobierno dispuesto a impedirlo? ¿Sabe cómo hacerlo sin renunciar a sus convicciones?

Las preguntas surgen en medio de este inesperado giro de la historia mundial, cuya orientación no termina de avizorarse pero que no parece prometer ninguna buena nueva para los pobres. Es tarea de un gobierno democrático que declaró su identificación con los mundos populares no dejarse torcer el brazo por los causantes de tanto desastre que, como siempre, nada tiene que ver con fenómenos de la naturaleza y todo con acciones de los seres humanos, en especial de aquellos que guían su hacer con la brújula de la codicia, la acumulación desenfrenada, la especulación y el desguace a dos puntas del Estado y de la política genuinamente democrática.

“La cultura trabaja sobre el imaginario popular”

Sur
Roberto "Tito" Cossa
"Tito" Cossa habló de su posicionamiento político frente a los temas de actualidad.
"Tito" Cossa habló de su posicionamiento político frente a los temas de actualidad.
Le preocupa el hábito del zapping, critica al cine nacional que “no cuenta historias”, y dice que el teatro nunca fue popular.
Roberto Tito Cossa es uno de los dramaturgos más reconocidos de la Argentina. Sus aportes a la cultura y su lucha por los derechos humanos lo consagraron ciudadano ilustre de la Ciudad de Buenos Aires en 2007. Actualmente, preside la Sociedad General de Autores de la Argentina (Argentores).

–¿Qué es hoy para usted la cultura popular?

–En principio, a mí la palabra popular me resulta compleja. Popular es aquello que expresa el pueblo, lo que expresa un valor. En lo que conozco, que es el teatro, esa idea de la década del ’20, de un teatro obrero, para los obreros, ya no existe. Sí puede haber un trabajo desde los sindicatos con muestras organizadas. Pero pretender que los obreros se empilchen los sábados a la noche para ver una obra de Beckett... El teatro al que conocemos por popular, sería el destinado, en verdad, a las clases más bajas. Pero el teatro no es popular. Es popular el teatro de revista, que la gente iría a ver, pero la entrada es muy cara. Pero también puede verlo en televisión. El teatro que hacemos nosotros es minoritario. Incluso es más minoritario hoy que hace años atrás. Estimo que no serán motivos del teatro, sino motivos políticos. Cuando vino la dictadura éramos los únicos que hablábamos un poquito y se llenaban los teatros. No eran teatros como los conocemos ahora. Era ir a ver teatro, pero también hacer la resistencia. Hoy ya la muleta política no está, ahora el teatro tiene que mostrarse como teatro, hable de política, de amor o de lo que sea.

–¿Cómo definiría a su obra?

–Yo soy un autor que tengo una pata en cada lado: soy un autor popular y soy también del teatro independiente.

–¿Y cómo ve al teatro argentino actualmente?

–Lo veo encarrilado. Lo que pasa es que es un fenómeno notable el de la cantidad de salas. Esto se da en muy pocas partes del mundo. Los europeos ricos nos envidian. Allá si no hay mucho dinero no se hace teatro, hay que hacer un teatro más sostenido por el Estado para cobrar el subsidio. En cambio acá los grupos jóvenes hacen teatro y pueden juntar dinero. Es un fenómeno que hay que ubicarlo. Es decir, tienen un éxito los teatros independientes, manteniendo la vieja denominación (no me gusta esto de ahora del off), no pasa de las tres funciones en sala chica. Los éxitos de la década del ’60, desconocidos todos pero que se empezaba a comentar: “Mirá, hay una función así en una sala chiquita”. Eran ocho funciones por semana, de martes a domingos. Es decir, se ha produciendo un fenómeno distinto. Pero es mucha más la cantidad que hay ahora que en otra época. Yo veo que hay varios públicos. Uno es el habituado al teatro independiente, que creo a veces miente cuando dice que no le gustan algunas cosas, tipo poses. Luego está el público de clase media que va al teatro por una obra premiada o un actor muy conocido.

–Sin embargo, hubo obras suyas muy exitosas, de gran concurrencia de público.

–No sé cuántos espectadores fueron a ver, por ejemplo, La Nona, eran muchos. Aún así no todos los días llenaba una sala de 500 localidades, pero la llenaba los sábados y los domingos. Pero suponía, en esa versión, en esa temporada –yo nunca hice la cuenta–. Un gran éxito en el teatro hoy, de esos que se habla, son 50 mil espectadores, 60 mil, hablo del teatro de arte, del que tiene una pata en cada lado; y la revista, que lleva muchos más. Olivera me decía que la última vez que pasaron La Nona por Canal 13 tuvo 16 puntos de rating, un millón 600 mil espectadores; entonces, son códigos tan diferentes. Ahora yo a veces veo cosas más experimentales para nosotros, más para adentro del teatro, hay cosas muy buenas, me interesan mucho, de las que no quiero privarme. Pero si medimos lo popular por la cantidad, yo creo que donde se encuentra esa ecuación es en la música, en los recitales, en el rock, ahí es donde realmente está la gente y la mayoría lo consume.

–¿Y el cine?

–Este cine que se está haciendo ahora, lo veo con directores que no cuentan historias. Sí veo películas bien filmadas, bien actuadas, sólidas desde ese punto de vista, pero con historias que no concuerdan y la prueba son los pocos espectadores que tienen. Algo pasa.

–¿Por qué?

–Yo insisto en que lo que hace el arte, la cultura, costea sobre el subconsciente colectivo de la gente, y lo que recibe hoy mayoritariamente es la televisión, o es un cine totalmente catástrofe, ligado al formalismo, a la seducción por la imagen cualquiera sea, para una película de aventura, para una película de amor, eso a mi me preocupa, como me preocupa la cultura de este gran invento, del zapping, esta cosa del espectador de no detenerse un rato en algo que de pronto lo puede haber agarrado y como la primera imagen no le gustó, es decir, este hábito frente a la televisión; yo siempre hago la broma, en teatro no puede pasar, te sentás ahí y aguantátela, por eso tratemos de hacer cosas que gusten, porque si no somos muy autoritarios con esto. El espectador se está habituando a ese poder que tiene, ¿no? Yo estoy muy preocupado pero no tengo elementos, no soy director de un equipo de teorías que me puedan llevar a saber más de esto. Pero, por otro lado, en otro plano se avanza, es decir, la conciencia de los derechos humanos, de la importancia de la cultura, por lo menos la superestructura. Esto de pronto puede dar lugar a una política de Estado sobre la cultura, que sería para mí lo deseable. Y eso puede hacer llegar, si se hace inteligentemente, el arte no sólo para observarlo, sino también para crearlo, a sectores más populares, más desligados. A mi no me parece grave que a alguien no le guste la sinfonía de Beethoven, tiene todo el derecho, lo grave es que a alguien que le podría gustar nunca tenga la posibilidad de escucharla. Sobre eso hay que trabajar, pero bueno, con gente que realmente conozca el tema habría que diagramar una política y generar los recursos para que esa política se haga.

–En Carta Abierta, de la que usted participa, confluyen intelectuales y artistas que aunque con una postura crítica, rompen con la posición de distancia que muchas veces estos sectores mantuvieron con el poder. ¿Por qué?

–Yo creo que Carta Abierta salió por la sensación de amenaza que había, no sé si a la estabilidad del gobierno pero sí a la pérdida de cosas que se habían logrado. Creo que todos estábamos muy inquietos, muy preocupados. De manera que fue muy bueno, muy positivo que surgiera este grupo. Yo, lamentablemente, he participado poco firmando y adhiriendo, no asisto a las reuniones porque los días sábados son mis jornadas de trabajo en el teatro. Pero creo que hay que romper ese malentendido que hay entre políticos y artistas respecto a acercarse, dialogar con un gobierno para reclamar cosas necesarias. Porque los políticos primero desconfían, no los conocen, sienten que tienen mirada crítica, cosa que es verdad, pero creo que es culpa de las dos partes, ¿no? Los políticos que, primero, en su gran mayoría, no consumen arte, no van al teatro, no van al cine de arte, no van a exposiciones de pintura, no leen novelas, de manera que ya tienen una primera distancia, que es no saber. Porque si les gustara mucho una novela de un autor determinado de pronto les interesaría conocerlo. Y aparte tienen una mirada sobre la cultura elitista. Entonces no entienden –y esto me cansé de decírselo al presidente en una reunión que no tenía nada que ver, pero metí el bocadillo– que la cultura trabaja sobre el imaginario popular. Es decir, que no es inocente, no es un poema, un libro, una canción, una música –sobre todo esa música de hoy que tiene más llegada a los jóvenes.

–Romper el miedo a quedar pegado...

–Así es. Si la presidenta convocara a una reunión de gente renombrada de la cultura para hablar sobre este tema a mí me parece que hay que ir, es un disparate no ir. Claro, no significa ni ser kirchnerista ni peronista ni radical ni nada. Simplemente es decir: al gobierno, que tiene los instrumentos y los recursos para apoyar la cultura y el arte, hay que decirle cómo y hay que apoyarlo.

–Volviendo al actual momento político del país, ¿qué piensa de las clases medias que en su gran mayoría parecieran seguir fascinadas con un modelo de país que en la práctica siempre la terminó perjudicando?

–Bueno, una de las cosas que pasaron es la, no sé si llamarla derrota, pero por lo menos sí la derrota de la utopía socialista. No es un dato menor que en los últimos 20 años, luego de la decadencia del sistema soviético, todos los que soñábamos con el socialismo ya lo veíamos imposible, hay muchas maneras. Una es decir bueno, cambiemos la estrategia, otra es decir, bueno, bajemos los brazos. Entonces muchos más los sectores populares, que llegaban a ese proyecto de una manera más primaria, más sentimental, con más conciencia de clase, cuando se suponía que los sindicatos eran de una manera, que en las fábricas había un debate. Estaba leyendo hace poco una nota sobre el Cordobazo, cómo pasaban esas cosas. Pero bueno, este es un fenómeno mundial, partamos de esa base. Acá se da de maneras particulares por el fenómeno peronista, acá actuamos de una manera diferente, a veces mejor, pero diferente. Y por supuesto, el discurso liberal ha calado tan profundo que revertirlo va a depender del éxito de determinadas políticas. Si Aerolíneas, por ejemplo, recuperada, realmente empieza a funcionar bien; si se hiciera una política similar con YPF, con los ferrocarriles, bueno, entonces, tal vez se pueda. Yo no lo veo tan probable, ni tan inmediato.

Ahora, cambiar a la clase media es un tema cultural. Qué apareció en el subconsciente de esa gente, que no es toda la clase media pero es una buena porción: una actitud fascista. Esto es lo grave, no es que defiendan al campo, detrás de eso, por debajo y sin que lo dijeran del todo, a medias palabras y a medio tono, apareció una cosa muy fascista, racista, xenófoba, es decir, machista, toda esa cosa… Este anticristinismo tiene una cosa fascistoide, eso es lo grave.

Es la confianza, estúpido


Por Robert J. Samuelson
Las dudas que genera el crack financiero y las incógnitas sobre sus consecuencias.
Robert J. Samuelson

Tengo dudas de que Ben Bernanke, economista por la Universidad de Princeton, y Hank Paulson, ex director ejecutivo de Goldman Sachs, imaginaran lo que les esperaba cuando se hicieron cargo de la Reserva Federal y el Tesoro de EE. UU., en 2006. Desde entonces, pusieron sus agencias a ritmo de guerra, tratando de evitar el equivalente financiero de un colapso militar. Como en la guerra, hubo sorpresas repetidas, y las respuestas requirieron improvisación: por ejemplo, el rescate de US$ 85.000 millones de American International Group (AIG). Pero la semana pasada sus defensas parecían estar amenazadas, por lo que Paulson propuso la solución radical de que el gobierno comprara grandes cantidades de deuda impagable para apuntalar el sistema financiero.
Se trata de confianza, estúpido. Todo sistema financiero depende de la fiabilidad. La gente tiene que creer que las instituciones con las que negocia (sus “contrapartes”) se desempeñarán como se espera. Estamos en una crisis porque los inversionistas y los gestores financieros —la gente que gobierna bancos, fondos de cobertura, compañías aseguradoras— perdieron la confianza. Los bancos se niegan a prestarse unos a otros; los inversionistas se retiran. El horror máximo es un pánico financiero: todos quieren vender y nadie quiere comprar. El plan de Paulson busca evitar esa calamidad.
La crisis empezó con pérdidas en el mercado, de US$ 1,3 billones para las hipotecas “de riesgo”, muchas de las cuales fueron “titularizadas”, reunidas en bonos y vendidas a los inversionistas. Con todas las acciones y los bonos de EE. UU. valiendo alrededor de US$ 50 billones en 2007, las pérdidas debieron ser manejables. No lo fueron porque nadie sabía cuán grande se volvería la pérdida o qué instituciones tenían los títulos “de riesgo” sospechosos. Aun más, muchas instituciones financieras fueron capitalizadas magramente. Dependieron de fondos prestados; las pérdidas pudieron acabar con su capital. Así la crisis se extendió.
Desde agosto de 2007, cuando apareció la crisis, la Reserva Federal hizo tres cosas para evitar que la merma en la confianza se convirtiera en un pánico autocumplido. La primera era estándar: bajar las tasas de interés. La tasa repentina de los fondos federales cayó de 5,25 por ciento al 2 por ciento. El objetivo era promover el préstamo y sostener la economía. En contraste, la segunda y la tercera respuestas fueron pioneras. Si los bancos se mantenían renuentes a hacer préstamos a corto plazo rutinarios —por miedo a los riesgos desconocidos—, la Reserva Federal actuaría enérgicamente como prestamista de último recurso. Bernanke creó varias “facilidades de préstamo” nuevas que permitieron a los bancos (incluso los de inversión, como Goldman Sachs) pedir prestado a la Reserva Federal. Recibieron efectivo y títulos seguros del Tesoro de EE. UU. a cambio de enviar hipotecas “titularizadas” y otros bonos a la Reserva Federal. De esta manera, la Reserva prestó más de US$ 300.000 millones.
Luego, la Reserva y el Tesoro previnieron bancarrotas que hubieran ocurrido de otra manera. Con el apoyo de la Reserva Federal, el banco de inversión Bear Stearns se fusionó con JPMorgan Chase. Fannie Mae y Freddie Mac, los gigantes de las hipotecas, fueron tomados por el Estado; sus pérdidas de riesgo también habían agotado su escaso capital. Y ahora AIG fue rescatado.
Pero convertir la Reserva Federal en una agencia de
préstamos que apoye a firmas específicas y tipos de crédito fue un cambio de su papel familiar de regular las tasas de
interés y las condiciones de crédito. La justificación: la intervención evitó una desastrosa reacción en cadena. Las acciones no fueron tiradas en los mercados, reduciendo los precios; las compañías que prestaron a estas firmas y comerciaron con ellas no sufrieron pérdidas mayores.
El problema con estos ejercicios de generar confianza fue que cuantos más de ellos ocurrieron, menos efecto tuvieron. Cuando la sorpresa de hoy siguió a la de ayer, resultó menos convincente que Paulson y Bernanke entendieran o pudieran controlar la crisis. También hubo problemas prácticos. La Reserva Federal financió su programa de préstamos reduciendo su enorme participación de títulos del Tesoro de EE. UU. No podía hacer esto indefinidamente sin agotar todos sus bonos. Un peligro: la Reserva entonces recurriría a la antigua y potencialmente inflacionaria creación de dinero.
Contra ese escenario, Paulson sugirió algo así como la Corporación de Resolución y Confianza que fue usada en las crisis de ahorros y préstamos para disponer de los bienes raíces impagables. Esta entidad compraría los títulos hipotecarios de riesgo para estabilizar el sistema financiero. Pero quedan las preguntas duras: ¿qué títulos serían elegibles? ¿sólo los de riesgo? ¿Qué hay de las alternativas-A (hipotecas con poca documentación)? Supongamos que una economía más débil crea nuevas clases de deuda incobrable, digamos, títulos de tarjetas de crédito: ¿podrían ser elegibles? ¿Qué pasa con los bonos de EE. UU. que poseen extranjeros? ¿qué precio pagará el Estado? ¿el gobierno los retendrá para que “maduren” o los venderá?
Abundan las objeciones a la propuesta de Paulson. Rescatará a algunos inversionistas e instituciones financieras de sus malas decisiones y acabará con una disciplina útil: el miedo a las pérdidas. Algunos inversionistas (cuántos, nadie lo sabe) sin duda compraron títulos de riesgo con descuentos enormes y cosecharán ganancias enormes al revenderlos al Estado. Ello podría disparar una enfurecida reacción pública. El programa sería enorme (“cientos de miles de millones”, dice Paulson) y podría ser una carga para los contribuyentes futuros. Para esto, Paulson tiene una réplica poderosa: es mejor que la alternativa de una conmoción continuada y un posible pánico. Pero ello presupone que el programa tendrá éxito y suscita la pregunta más inquietante: si esto falla, ¿qué podría hacer luego el gobierno?

domingo, 28 de septiembre de 2008

Siempre están aquellos que necesitan un Judas (Cobos)

Por Luis D’Elía
Luis D’Elía

Entró el Negro Rojas a mi oficina de la FTV Nacional, miró la tele y vio que en el subtitulado decía “Cobos recibe a Macri”. Se paró un momento, se volvió hacia mí y me dijo, cagándose de la risa: “Esto me hace acordar a esos pibes que, cuando los padres se van de viaje, traen a la casa a todas las prostitutas del burdel del pueblo”. Para mis adentros me digo: “¿No será mucho, Negro?” Pero, pensándolo bien, Rojitas tiene razón.

Hace días que me da vuelta en la cabeza una parte de la fórmula tradicional que se utiliza a la hora de jurar los cargos más importantes de la conducción de la República: jura usted desempeñar con lealtad y patriotismo el cargo y bla, bla, bla… Y lo llamativo de esto es que, en esta fórmula, la lealtad está antes que el patriotismo.

Judas amaba inmensamente a Jesús, pero la tentación de la codicia pudo más que él; Judas fue incapaz de ir contra sí mismo, de doblegarse para que prevaleciera el bien en su humanidad. Según dicen los que saben, Judas era el único intelectual de todos los apóstoles, el que sabía leer y escribir, el cobrador de los impuestos del imperio, que tenía vínculos con los saduceos y, lo peor aún, el hombre en el cual los romanos y los sacerdotes del templo más confiaban.

Bueno, lo demás ya es muy conocido: treinta monedas de oro, un beso en la mejilla. Todo lo demás es una rara mezcla de dolor, muerte y vida.

Finalmente, agobiado por el peso de la misma traición, Judas se retiró a un lugar alejado y se colgó. En realidad, Judas, dicen los que estudiaron el tema, traicionó a Jesús porque creyó que no iba a pasar nada; lo vio hacer tantos milagros y mover a tantas multitudes que, ingenuamente, creyó que él se podía ganar un poco de dinero y que Jesús iba a salir indemne.

Cuando éramos pibes, aquellos maravillosos teólogos de la liberación que alumbraron nuestros años de formación en el marco de aquel fenomenal método para unir la teología con la historia, que era el ver, juzgar y obrar, siempre sacábamos las mismas conclusiones: Jesús era el pueblo latinoamericano que caminaba por la historia llevando en sus alforjas 500 años de genocidio, sus permanentes flujos y reflujos en los que se alternaban la victoria y la derrota; sus Tupacamarus, sus Tupacataris, sus jacobinos apasionados, que también pagaron con sus vidas tanto amor por el pueblo; y estaban los otros, los judas, los de las venas abiertas de nuestro inagotable Eduardo Galeano.

Algunos dicen que cuando utilizo la palabra traidor pierdo la moderación o el equilibrio, y no falta quien me advierta que a la clase media no le gustan las declaraciones destempladas. Ahora yo los invito a encontrar un nombre que defina la conducta política de quien fue votado por 8 millones y medio de argentinos para acompañar en su gestión a Cristina Fernández y que, a poco de andar, vota a favor de la concentración económica y en contra de los pequeños productores rurales; que cada vez que la Presidenta se va del país se junta con aquellos que expresan la Argentina de ellos: oligárquica, xenofóbica, que mezcla todo el tiempo los intereses económicos con los políticos .

Cobos es Duhalde, Clarín, De la Sota, Bergoglio, Miguens, Biolcati, Macri, pero en realidad esto no sería nada si no fuera el pasado, al que no queremos volver nunca más. Cobos es la sociedad con la corruptela, la banda y la patota, con el oscurantismo retrógrado, con la oligarquía genocida, con la brutalidad de los nuevos ricos y con los ameba-pejoteros eclécticos y sin convicciones.

Esta rara mezcla de pelotudo y perverso, blanco, flaco, ido, light de cabeza y corazón, delarruesco hasta el tuétano, es la novedosa alternativa que nos propone el poder económico como salida política para la Argentina. En primera fila están los nuevos ejércitos de ocupación, que son los medios de comunicación del establishment, que construyen personajes imaginarios e historias que articulan con sus deseos de poder político y económico; detrás están los Grondona, los Fontevecchia, los Morales Solá, los Magneto, los Mitre, que siempre necesitan, desde hace dos mil años, un traidor, como en la Sagrada Escritura.

Luis D’Elía | Presidente de la Federación Tierra y Vivienda

El estado del Estado



Por Eric Calcagno
Argentina desde la exclusión neoliberal hasta el camino de la integración.
Política - Opinión
Política - Opinión

Estado bobo, ciego, cómplice, Estado inútil, enorme en sus flacuras... Estado que muestra a cada paso sus limitaciones y sus tiempos, alejado de las urgencias de la ciudadanía... turnos eternos en los hospitales públicos y trámites kafkianos en la administración, apenas dos ejemplos. Pero, ¿Y si fuese que el funcionamiento de este Estado es el resultado normal y esperable que corresponde a los lineamientos con los que fue diseñado en los últimos tres decenios del siglo pasado?
Ubiquémonos en el contexto anterior. La Argentina tenía distintos grados de funcionamiento, que iban de lo bueno a lo pésimo, según fueran los estratos de población concernidos. De los 40 millones de habitantes, todo iba muy bien para 3 millones, que vivían y siguen viviendo como la clase alta de los países desarrollados. Para los siguientes 7 millones, las cosas transcurrían bastante bien: creían que 1 dólar era igual a 1 peso, viajaban a Miami y no quisieron enterarse que habían desaparecido las personas y el Estado. A su vez, 10 millones de personas miraban a esa sociedad del espectáculo, frivolizada, mediática, con la esperanza de incorporarse algún día a los grupos privilegiados y con mucha más envidia que asco.
Pero afuera quedaban 20 millones de habitantes excluídos: era el 46% de pobres sobre el total de la población (de los cuales el 19% era indigente), el 22% de la población económicamente activa desocupada, el 40% de la población sin seguridad social.
Durante el régimen militar (1976-1983) y el menemismo-delarruismo (1989-2001), uno de los principales ejes de la acción del Estado fue el resguardo de esta desigual distribución del ingreso y de la riqueza. Por una parte, había que mantener los mecanismos de distribución injusta del ingreso y la riqueza que beneficiaban a los 20 millones de arriba; y por la otra, impedir la protesta de los 20 millones de abajo. Para eso se utilizó la represión en el régimen militar y la desvirtuación de la conciencia nacional durante el menemismo y el delarruismo, que además consumó el derrumbe, por inercia.
El modelo neoliberal fracasó no porque el Estado que diseñó a tales fines no lo sostuviera hasta el final, sino porque sus propias contradicciones económicas lo convertían en inviable y pernicioso. Un esquema basado en el endeudamiento tenía que caer cuando ya nadie prestara más. Que fue lo que sucedió.

El 2003. Llegamos al 2003. La transformación del país era una cuestión de supervivencia nacional. Había síntomas de disolución nacional: circulaban 14 monedas, la desocupación era del 22% y la pobreza del 46%, a la política económica la fijaba el FMI, el Banco Central carecía de reservas. Era imperioso transformar la realidad y ante todo había que integrar a la Nación a los 20 millones de personas que estaban afuera. En eso debía concentrarse la acción pública. No era una novedad histórica, ya que cambios de análoga magnitud los realizaron en la posguerra los principales países industriales: por la acción estatal, Estados Unidos logró la hegemonía mundial; Alemania, no hace tanto, instrumentó la unidad nacional; Francia aceleró el desarrollo, la homogeneidad social y la construcción europea; y Japón recuperó la independencia y convirtió al país en potencia mundial.
Pero en la Argentina existía un problema adicional: al mismo tiempo que se utilizaba al Estado para transformar al país, había que reformarlo en profundidad para que fuera apto para esa nueva tarea. Durante muchos años lo habían desvirtuado y utilizado para resguardar y elevar el bienestar de los 20 millones de integrados y para mantener a raya a los 20 millones de des-integrados. Estábamos en una sociedad dual, de pobres y ricos con fuertes muros de contención; dos de los más importantes eran la represión y los medios de comunicación. Los ricos tenían trabajo o rentas, y eran distintos sus consumos de salud, de medicamentos, de comida, de justicia, de educación, de música, de cultura, de sistema de representaciones y de mitos.
Los incluidos eran habitantes de primera, los excluídos, de segunda; y la diferencia era abismal, tanto en cantidad como en calidad (comenzando por la cantidad y calidad de vida). Una terrible división entre quienes están dentro de la sociedad y que se benefician de los servicios del Estado, y los que están afuera y no se benefician. Su superación constituye el meollo de la actual política argentina. La única forma de instrumentar esa transformación es mediante la acción del Estado; pero el Estado fue manipulado para que no sirviera a esos fines sino a los opuestos; es decir, para consolidar la dominación que ejercían los incluidos; era un Estado que discriminaba en contra de los excluidos. Por eso, su reorientación y rehabilitación es una necesidad histórica.

Del 2003 en adelante. La tarea emprendida desde 2003 se dirigió en lo fundamental a integrar a los 20 millones de excluidos, lo cual es muy difícil. La tarea comenzó con una polìtica de crecimiento económico, que llevó a que el PIB creciera al 9% anual durante 5 años, a que la inversión se elevara del 12 al 24%, a que la desocupación bajara del 22% al 7,8%, a que la pobreza descendiera del 46% al 25%. Con ello, 3,5 millones de personas consiguieron empleo, el trabajo en negro descendió del 43% de la población económicamente activa en 2004 al 36,5% en 2008; y los salarios superaron en promedio los niveles de 2001.
Hay algunas preguntas básicas que estructuran la cuestión económica, vinculadas a la acumulación, a la producción y a la distribución de bienes y servicios: ¿quién genera la riqueza?, ¿quién se queda con esa riqueza? y ¿qué hace con esa riqueza? Lo curioso es que las respuestas a esas preguntas no son económicas sino políticas, y quien instrumenta la respuesta a esas preguntas... es quien detenta el poder del Estado. De allí la necesidad, para los grupos de poder tradicionales, en obliterar el Estado en sus funciones, en destruir el Estado como estratega del desarrollo y garante de los derechos sociales y bienes públicos esenciales. De allí la necesidad, según las épocas, de desaparecer primero y cooptar después los cuadros políticos de la transformación, así como la destrucción de las empresas públicas, verdaderos instrumentos de acción económica directa. El caso de Aerolíneas es paradigmático: de privatización señera a saqueo permanente, hasta la recuperación de un servicio público que tiene que estar al servicio del desarrollo nacional. ¡Pero como ha costado!

Conclusiones. Tal vez aquí está el meollo de los actuales conflictos. Irigoyen cae porque la oligarquía quería gerenciar la salida de la crisis de 1929 en provecho propio; el primer peronismo cae cuando la parte de los asalariados en el ingreso trepó hasta más del 50%. Ahora, la participación de los asalariados en la distribución de la riqueza subió 9 puntos porcentuales en tres años, lo que disminuyó en igual medida la retribución del capital. En ese contexto es posible leer la crisis del campo como la articulación de los sectores de poder tradicionales para mandar un mensaje claro: no se tolera más la distribución del ingreso hacia los 20 millones de excluidos, el Estado no está para integrarlos, sino para contenerlos o reprimirlos. Ya vimos cómo rechazó con cortes de ruta y desabastecimiento una ley redistributiva que gravaba ganancias extraordinarias: viejas ideas, fuertes medios y marcar la cancha y continuar con el desprestigio destituyente. Nada menos.
Así como el Estado oligárquico de la Argentina agroexportadora no se bancó el sufragio universal de Irigoyen, ni el Estado de la década infame podía responder a las necesidades de la época peronista, el Estado represor del gobierno militar y el desguazado Estado neoliberal de 1989-2001 sirven para incorporar a los 20 millones de excluidos. Por eso habrá que reformarlo a fondo, al mismo tiempo que se utiliza lo que se tiene para transformar la realidad. No se trata de etapas sucesivas, sino de complejas operaciones simultáneas.
Si logramos incorporar de pleno derecho a los 20 millones de ciudadanos hoy excluidos, en la producción, distribución y consumo, es toda la sociedad y la realidad argentina que va a cambiar, desde su andamiaje político y jurídico hasta sus estructuras técnico-económicas. Pero es esencial crear el Estado correspondiente a esa necesidad histórica. Es la esencia de este proyecto político, con vocación de poder transformadora. Hay que devolverle el Estado a la Nación.

Oportunidades para el Sur

Sur
Cambio de escenario
El hemisferio norte abajo y el sur arriba. Un mundo distinto al que estamos acostumbrados.
El hemisferio norte abajo y el sur arriba. Un mundo distinto al que estamos acostumbrados.
27-09-2008 / Tras el crack financiero en Estados Unidos, UNASUR asoma como el único ámbito cuyo eje no está en Washington.

Por Eduardo Anguita

La crisis –no seamos ilusos– será descargada sobre las espaldas de la periferia. La prensa mundial mostrará la caída del precio inmobiliario o de la industria de la construcción, la recesión y, desde ya, los vaivenes del mayor fracaso financiero del capitalismo. Pero el Sur, no sólo el geográfico sino el simbólico, tendrá poca visibilidad en los grandes medios mundiales a la hora de informar sobre cómo afecta a los más vulnerables. Hay un sur –o un quinto mundo– que hoy lo vive en las fronteras del Primer Mundo o en su interior. El nacionalismo xenófobo de las naciones prósperas se acentuará a medida que la crisis aumente. Un nacionalismo que se basa sólo en la criminalización de la exclusión de indocumentados. Florecen sentimientos comparables con el fascismo emergente en los ‘30 que justamente tuvieron como punto de partida la recesión posterior a la crisis del 29 de Wall Street.

El tratamiento periodístico de prestigiosos medios europeos considerados liberales y respetuosos de la diferencia ya linda con el fascismo argumental. Como ejemplo vale el primer párrafo de un artículo de El País de Madrid del viernes pasado, que naturaliza la asociación entre el delito y el origen nacional: “En pocas semanas, los delincuentes extranjeros serán perseguidos por una unidad policial específica, habida cuenta de la alarma social que provocan determinados delitos a manos de extranjeros, ya sean integrantes de bandas de delincuencia organizada, terroristas o relacionados con la violencia de género. Se tratará de la Brigada de Expulsiones de Delincuentes Extranjeros, según anunció ayer en el Congreso el secretario de Estado de Seguridad, Antonio Camacho”.

A tono con esto, en los últimos meses avanzó la decisión en España de repatriar de modo compulsivo a los peruanos, ecuatorianos o guineanos que tuvieron un status especial de ciudadanía en los años de crecimiento ibérico destinado a ocuparlos en puestos de baja remuneración, precisamente aquellos que los españoles nativos no quieren tener. Del mismo modo está procediendo Francia, cuyo equipo de fútbol está conformado mayoritariamente por jugadores norafricanos de las ex colonias pero que vio crecer la tensión racial con enfrentamientos abiertos. En los Estados Unidos, la recesión –cualquiera sea su magnitud– tendrá como perdedores a las comunidades de latinoamericanos y de afroamericanos. Queda como prueba de la ferocidad de George Bush la determinación de hacer un muro en la frontera mexicana. Su pasión por los muros tuvo una amarga derrota porque la Calle del Muro neoyorquina sufre un derrumbe sin precedentes. Pero poco se habla de que muchos inmigrantes del sur americano se enrolaron en la aventura bélica de Irak sólo ante la promesa de darle los papeles de residencia.

Las grandes corporaciones privadas que constituyen el soporte del Consenso de Washington y la globalización atraviesan una tormenta. Sin embargo, tienen el control del Grupo de los 7, del Banco Mundial y de la Organización Mundial de Comercio, parte de los pilares en los que se construyen los muros que separan a las naciones periféricas de las centrales. Estos días quedó en descubierto que tanto el Tesoro norteamericano como el Banco Central Europeo tienen un inmenso poder que, en el primer caso más que el segundo, son una continuación de los intereses de la gran banca privada. Las Naciones Unidas quedaron reducidas a ser un auditorio. Salvo el Consejo de Seguridad, controlado por los países poderosos, han perdido toda capacidad decisoria. Si la Europa continental juega un rol tan importante en la escena internacional es porque después de la Segunda Guerra consolidaron un poderoso bloque regional.

Nació Unasur. A fines de mayo de este año, en Brasilia, nació la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur). Los jefes de Estado de la Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela dieron un paso que procura la unión del Mercosur y la Comunidad Andina de Naciones con el agregado de Chile, Guyana y Surinam. En esa oportunidad, Evo Morales, en su condición de presidente pro tempore del ente proyectado dijo: “En Cochabamba (2006) pusimos la piedra fundamental para la integración de nuestros pueblos, ahora en Brasilia 2008 con el Tratado Constitutivo, estamos levantando los cimientos de la Unasur, y los presidentes nos convertimos en obreros y albañiles para construir la unidad sudamerican”. De inmediato, la mandataria chilena Michelle Bachelet asumía la titularidad del organismo y sostuvo: “Queremos demostrar que América latina es capaz de hablar con una voz firme y fuerte y de construir una integración eficaz”. Quienes recuerdan el histórico encono entre Chile y Bolivia por la salida al mar de este último, tendrán presente que las relaciones entre esas dos naciones siempre fue fría, salvo la cooperación entre dictadores durante el período del Plan Cóndor, coordinado por políticas del Pentágono y la CIA.

En el encuentro de Brasilia, se vio una vez más la cálida relación que une a Morales con Bachelet. En ese momento, nadie sabía que un grupo fascista alentado por el alcalde de Pando y escudado en agentes norteamericanos iban a protagonizar una matanza como del 11 de septiembre pasado. Este miércoles pasado, Bachelet encabezó la reunión de Unasur en Nueva York. La chilena, sorprendida por el tamaño del salón que los funcionarios de Naciones Unidas habían otorgado para el encuentro, soltó a los mandatarios asistentes: “Bueno, esta sala es tan grande como deberá ser nuestro Unasur”. Pero no sólo fueron gestos: reclamaron una acción de Naciones Unidas para investigar los hechos de Pando que, de inmediato, fue avalada por el secretario general del organismo, Ban Ki-moon, y que logró la adhesión de la Comunidad Europea. Pero hay un detalle importante: la Organización de Estados Americanos quiso ser protagonista de este reclamo de los presidentes sudamericanos y su secretario general –el también chileno José Miguel Insulza– recibió el hielo de los presidentes. Unasur asoma como un verdadero ámbito, el único, cuyo eje no está en Washington. No sólo mira al Sur sino que tiene proyectadas sus oficinas centrales en Quito, Ecuador.

El factor Kirchner. Brasil, Venezuela y Chile juegan un rol muy importante en la alianza regional. Pero Argentina no le va en zaga. Néstor Kirchner fue propuesto por el ecuatoriano Rafael Correa para asumir el rol de secretario ejecutivo de Unasur. Los mandatarios de Chile, Brasil, Venezuela, Perú (el presidente Alan García dijo: “Fuimos liberados por un argentino, más allá de las diferencias, nos sentiríamos representados por otro argentino en esta iniciativa regional”) y Bolivia están de acuerdo. La única oposición es la del uruguayo Tabaré Vázquez. Habría acuerdo también en que si Kirchner es designado para el cargo, las oficinas de Unasur se mudarían de Quito, como está proyectado, a Buenos Aires. En los próximos días, y en sintonía con la idea de fortalecer a los partidos populares de la región, en Buenos Aires se darán cita líderes del socialismo chileno con dirigentes del Frente Amplio uruguayo encabezados por el senador José (Pepe) Mujica y del Partido Trabalhista brasilero con presencia de Marco Aurelio García, figura destacada en el armado político regional ya que, durante sus años de dictadura en Brasil, participó de las luchas clandestinas en Chile y tuvo relación con las organizaciones y partidos que pelearon contra las dictaduras en otras naciones de esta región. Del lado argentino estarán algunos de los cuadros del kirchnerismo que más empeño tienen en ver florecer una diplomacia, activa y no de salón, que pueda enarbolar las necesidades y reivindicaciones regionales.