domingo, 18 de enero de 2009

Crónicas de la resistencia Mapuche

Tapa "Crónicas de la resistencia Mapuche"
Tapa "Crónicas de la resistencia Mapuche"
15-01-2009 / Un libro que relata las luchas de ese pueblo originario y sus peleas con Benetton.

Epu: Leleque

“Como había señalado Hegel, los perdedores de la historia, al aprender lo que es perder, aprenden también cómo debe ser ganar: no tienen otra opción que conocer a sus amos mejor de lo que sus amos se conocen a sí mismos. Para ellos, los amos (aunque tiranos) siguen siendo siempre humanos; para los amos, en cambio, los vasallos no son humanos, no son personas, no están siquiera allí en realidad. La esperanza, por lo tanto, surge de la iniciativa de los esclavos”.

Declan Kiberd [1]

“La lluvia es la mejor arma de los mapuche”, vociferó Mauro Millán. Pareció que exageraba. Un auténtico diluvio nos castigaba feo, a unos pasos de la estancia Leleque (Chubut). A metros de la precaria ramada que los peñi habían levantado, se alzaba el cartel que invita a visitar el Museo de los Benetton. “13.000 años de historia”, dice. Cuanta hipocresía... En su interior, no existe ninguna referencia explícita al pueblo mapuche. En sus vitrinas descansan kultrün que son sagrados, hachas toki de importancia similar y otras manifestaciones materiales de la cultura mapuche. Pero los guiones que sobre todo tienen como destinatarios a turistas poco informados, sólo hablan de indígenas y en todo caso, de tehuelches. Al igual que para los científicos del siglo XIX, para la trasnacional italiana los mapuche “no son humanos, no son personas, no están siquiera allí en realidad”. Si admitiera su presencia, debería explicar un proceder que no coincide con la imagen corporativa que sus agencias de publicidad le construyeron: el respeto a las diferencias, la tolerancia racial, la piedad...

La gente seguía llegando y la perspectiva no era sencilla. Se pernoctaría debajo del toldo y al amanecer, renovaríamos el compromiso con los newen del lugar. En ese momento no podíamos saberlo, pero se inauguraba un conflicto que todavía no se resuelve, un diferendo que enfrenta a una de las empresas más poderosas del planeta con un puñado de mapuche. Una pelea que los mapuche llevaron a la mismísima Italia, ante la sorpresa de la corporación trevisana.

“Mi abuela contaba que le contaba mi bisabuela, que cuando nuestro pueblo ya había abandonado toda posibilidad de resistir al Ejército, procuraba poner distancia nomás y escaparse lo más lejos posible. Entonces, nuestros mayores hacían ngillatün para que lloviera y lloviera, así los cañones se empantanaban y no podían avanzar y las mulas se retrasaban. Quizás ahora también, si el tiempo estaba mejor, capaz que se llenaba de milicos”, remató el werken.

Entonces quedó en evidencia la condición de aliado del descomunal aguacero. Milicos había pero unos pocos, se movilizaban a bordo de una impecable camioneta doble tracción que no lucía identificación alguna. Según los vecinos del lugar, la camioneta era de los Benetton y habitualmente la utilizaba el administrador de la estancia. Pero durante esos días sirvió para movilizar a la tropa, que sin embargo no nos molestó demasiado. Por lo menos en esa oportunidad, los efectivos fueron menos implacables que 120 años antes. Los más ancianos todavía recuerdan relatos que escucharon de sus mayores, como el que Millán había compartido para valorar a la lluvia. Cuando no quedaba otra que la retirada desordenada y las familias ya estaban desmembradas, la mayoría de ellas sin hombres, las pillankuze solían entonar el tayül del puma, para que el newen del felino ayudara en la huída y con los despojos de su caza, pudieran alimentarse los fugitivos...

Entonces no lo sabíamos pero esa misma tormenta provocaba desmoronamientos sobre las rutas de la región y también la evacuación de cientos de habitantes de El Bolsón (Río Negro). El trawün se había convocado allí, 200 kilómetros al sur de Bariloche para recordar el Último Día de Libertad de América. Eran las últimas horas del 11 de octubre de 2002 y comenzaba el “escrache” a la empresa italiana, que había promovido diez días antes el desalojo de una familia mapuche. Los Curiñanco Nahuelquir se habían establecido en el campo Santa Rosa un mes y medio atrás, luego de consultar en la Delegación Esquel del Instituto Autárquico de Colonización. Allí les habían dicho que el predio era fiscal.

Atilio Curiñanco nació en Leleque, correteó de pibe por esos campos, creció y cazó en ellos. Al igual que muchos, muchísimos mapuche, que cabalgaron por allí cuando todavía ninguna bandera argentina había pasado ni siquiera cerca. El grupo de tehuelches con el que viajó de sur a norte el inglés Musters entre 1869 y 1870, se había encontrado con los primeros mapuche en las inmediaciones del actual emplazamiento de Esquel. Desde ese punto, las parcialidades de ambos pueblos marcharon juntas en dirección a la ruka de Saywkeke. Sobre sus actividades del 12 de febrero de 1870, anotó el marino: “Sucedió que, como durante esa jornada nos encontramos con los araucanos en la misma parte del círculo (de caza), cocinamos juntos nuestras comidas y volvimos juntos a los toldos. Por el camino, el hijo mayor de Quintuhual, con quien siempre había mantenido yo buenas relaciones, dijo que deseaba reconocerme como hermano suyo. En consecuencia, nos dimos la mano y cabalgando juntos declaramos formalmente que éramos como hermanos y que siempre recordaríamos los deberes de nuestro parentesco y nos ayudaríamos mutuamente, en caso necesario, en cualquier parte del mundo en que estuviésemos” [2].

Según estableció el geógrafo Rey Balmaceda, esos momentos de convivencia entre los mapuche del lonko Kintuwal y los tehuelches de Casimiro, se desarrollaron en el mismo sitio donde más tarde se emplazó el caserío de Leleque. Unas páginas antes, el europeo había descrito a su futuro hermano: “ese indio era de estatura mediana, estaba vestido con ponchos de color y tenía un pañuelo de seda alrededor de la cabeza. Sus facciones eran regulares, sus ojos negros, chispeantes e infatigables, y su tez la misma, poco más o menos, de los gauchos del Río de la Plata. Usaba el pelo cortado, y su figura aseada hacía marcado contraste con las guedejas sueltas y los cuerpos pintarrajeados de los tehuelches”. Más allá de los prejuicios estéticos de Musters, quedémonos con una certeza: el hijo de Kintuwal era mapuche, como su padre. Los tehuelches habían dado con él donde el arroyo Caquel se junta con el Tecka. Según le había relatado el tehuelche Orkeke a su amigo británico, allí comenzaba “el país de los araucanos”. Resulta insólito entonces, que todavía se siga afirmando que recién hubo mapuche al sur del río Limay en forma posterior a la Conquista del Desierto.

Luego de encontrarse con el werken, la columna tehuelche continuó en dirección al oeste para luego torcer hacia el norte. “Entramos en un llano a nivel, en cuyo extremo opuesto notamos con gran contento las humaredas de respuesta de los toldos araucanos”, anotó el viajero. La descripción es notable porque una de las corrientes que se interesó en construir la historia de la región se encargó de imponer una idea errónea: que los pueblos mapuche y tehuelche fueron enemigos a muerte y que los mapuche se erigieron en usurpadores de sus vecinos de más al sur. Parece muy curioso entonces, no sólo que los tehuelches que Musters acompañaba marcharan hacia al norte a su encuentro, sino también que experimentaran “gran contento” al percibir sus humaredas. Es verdad que las relaciones entre las parcialidades de ambos pueblos no siempre fueron armoniosas pero como contrapartida, tampoco se caracterizaron indefinidamente por la presencia de enfrentamientos bélicos.

Luego de mudar de caballo y de ataviarse según las reglas del protocolo, los que venían del sur se aproximaron bastante a las ruka de los mapuche. “Con gran sorpresa notamos que nadie salía a recibirnos; al fin llegó una mujer con la noticia de que todos los hombres habían ido a cazar, pero se les había mandado buscar y llegarían en breve”, anotó el inglés. El encuentro no se demoraría, porque “al cabo de una media hora aparecieron los araucanos, galopando como demonios. Como sus mujeres les habían traído ya caballos frescos, estuvieron montados en menos tiempo del que se necesita para escribirlo; y, formados en línea excelente, lanza en mano, se quedaron esperándonos para llevar a efecto la ceremonia de bienvenida. En unos cinco minutos se formaron nuestras filas, y se realizaron entonces el galope, la algazara y los ceremoniosos saludos de costumbre. Me llamó especialmente la atención el porte audaz y honesto de los jóvenes de esa partida, que, vestidos con ponchos de vivos colores, calzones de lienzo limpio y sacos de franela blanca, tenían un aspecto muy civilizado. No eran más que 27 en total, y entre ellos descollaban cuatro hermanos, particularmente guapos, robustos, de tez colorada, que a la distancia, como no podía distinguirse el color de sus ojos, parecían casi europeos; observación que hecha a El Zurdo [3], que era mi brazo derecho durante la función, tuvo esta respuesta en voz baja: ‘Muy diablos estos indios; tal vez haya pelea’. Que se le ocurriera al hombre esa idea cuando el número de los nuestros (los tehuelches) era, por lo menos, el décuplo del de ellos, es algo que habla elocuentemente a favor de la reputación de bravura de los araucanos. Sin embargo, todo pasó tranquilamente, y se resolvió que al otro día habría consejo”.

Estos sucesos tuvieron lugar en inmediaciones del actual emplazamiento del aeropuerto de Esquel. Alrededor de la estación aérea, hoy todo es de la compañía de los Benetton.

Atilio Curiñanco creció en esos campos, que durante mucho tiempo fueron escenario del intercambio entre pu mapuche y tehuelches. Luego soñó con trabajarlos, porque siempre estuvieron vacíos de propiedades privadas. Pero la corporación trasnacional consideró la presencia mapuche una amenaza e inició una causa por usurpación. Por irónica que resulte, es una circunstancia habitual en las provincias de Río Negro, Chubut y Neuquén. Son los últimos en llegar quienes acostumbran a demandar por usurpadores a los mapuche, integrantes de un pueblo originario, es decir, anterior a la existencia tanto de la Argentina como de Chile. O sea, preexistente.

Rápida para esos mandados, la Justicia de Chubut ordenó el desalojo, que se había perpetrado 15 días antes de la movilización que la lluvia castigaba, a través de 12 efectivos que contaron con el apoyo de perros y gente de civil. Los uniformados aprovecharon que los hombres de la familia trabajaban en el campo para cumplir la diligencia. No sólo consumaron la disposición del juez, además derribaron la vivienda que los Curiñanco Nahuelquir habían levantado, destrozaron los sembradíos que habían alcanzado a trabajar y dispersaron las aves de corral. Era un auténtico drama. Rosa Nahuelquir había trabajado toda su vida como obrera textil en Esquel. Cuando la fábrica cerró –como tantas otras durante los 90- gastó hasta el último centavo de la magra indemnización en los implementos que necesitaría su familia para desarrollar el microemprendimiento con el que soñaba. Prácticamente en un abrir y cerrar de ojos, esos planes se redujeron a añicos porque eran muchos los interesados en que ese ejemplo no se propagara. Mapuches escapándose de la pobreza de las ciudades y recuperando tierras en el campo... Desde los punteros políticos hasta los funcionarios y los directivos de la Sociedad Rural comprendieron que sus respectivos negocios peligraban si la decisión que habían adoptado Atilio y Rosa alcanzaba el éxito. Por eso y rápidamente, se consumó el desalojo. Derrotados pero no vencidos, los Curiñanco Nahuelquir se acercaron a la Organización Mapuche Tehuelche “11 de Octubre”. Desde ese momento, el problema dejó de ser un asunto entre particulares para convertirse en un conflicto que involucra a todo el pueblo mapuche por un lado y al Estado opresor por el otro.

A raíz del despojo que sufrió junto a su familia, Rosa se tuvo que reencontrar a pasos acelerados con su identidad, a la que hasta entonces había soslayado. Lleva un apellido que tiene mucha importancia para los mapuche que como consecuencia de la relocalización forzosa, habitan en el territorio que quedó bajo la jurisdicción provincial de Chubut. La historia de Cushamen y la de los Nawelkir es prácticamente la misma. Entre los mayores que viven en esa zona, se considera a Miguel Ñancuche Nahuelquir como “cacique fundador” de la Colonia Cushamen [4], el sitio que cobijó a una veintena de familias mapuche cuando la derrota a manos de los ejércitos argentino y chileno, ya se había consumado.

Según los relatos de los abuelos, Ñancuche Nahuelquir era “manzanero de la cordillera”, es decir, “araucano” en aquella terminología del siglo XIX, que también se utilizó durante buena parte del XX. Pewenche quizá, oriundo de la Manzana Mapu, de la zona de Junín de los Andes o de “allá por el norte”. Esa es la “tierra de los antiguos” para la mayoría de la gente de Cushamen. Pero también decían los futrakecheyen que el chao (padre) de Miguel, Fernando Nahuelquir, era de Trankura Mapu, cerca del volcán Villarrica. En rigor, no hay contradicción entre esos testimonios. El espacio territorial de los mapuche pewenche no se dividía por la cordillera, como quieren los discursos que construyeron las respectivas naciones, en Chile y la Argentina. Tanto Trankura como la Manzana Mapu y la zona donde se erigió el fuerte de Junín de los Andes, formaban parte del espacio territorial pewenche que años antes de la Campaña al Desierto, tenía como principales referentes a Sayweke, Rewkekura y Purran, de sur a norte. También cobró relevancia a la hora de la postrer resistencia Juan Ñancucheo, auténtica pesadilla para las tropas que operaron sobre la cordillera a partir de 1880. No hay acuerdo entre los investigadores, a la hora de vincular en forma sanguínea a este lonko con Miguel Ñancuche Nahuelquir pero Delrío insinúa que por lo menos, hay que pensar en un parentesco ritual.

Los momentos que siguieron a las rendiciones no fueron fáciles. Las 24 familias que reconocieron como autoridad al “cacique fundador” afrontaron una peregrinación plena de sufrimientos. Desde Chichinales (Río Negro), se dirigieron a Comallo, donde permanecieron por espacio de una década. Más tarde, después de una entrevista con el mismísimo Roca durante su segunda gestión presidencial, se les asignó como domicilio Cushamen.

En la memoria de la mayoría de las comunidades mapuche que en la actualidad habitan en las provincias de Río Negro, Chubut e inclusive en algunas de Neuquén, están frescas las vicisitudes que tuvieron que afrontar luego del “gran malón blanco”. Fueron años de idas y venidas, de gran incertidumbre y de una pobreza tan inédita como desesperante. Sobre fines del siglo XIX, la prioridad de los estados usurpadores consistió en entregar los territorios recientemente anexados a las oligarquías locales y a los capitales extranjeros. En ese marco, las mejores tierras, las de pasturas abundantes y próximas a cursos de agua, se fueron enajenando. Las nuevas agrupaciones mapuche se situaban en determinado paraje para inmediatamente, sufrir otro desplazamiento. Es llamativa la coincidencia que se registra a comienzos del siglo XXI, cuando el Estado argentino también se preocupa sobre todo por brindarle “seguridad jurídica” a corporaciones como Benetton, cuando los mayores de Rosa Nahuelquir viven en Cushamen hace por lo menos un siglo.

Sin embargo, no hay que suponer que esos parajes fueran extraños para las parcialidades mapuche hasta la llegada de los Nawelkir y demás familias. La misma columna que hacia febrero de 1870 se conformaba con la gente de Kintuwal y los tehuelches de Casimiro, se aprestaba a encontrarse con las comunidades que tenían como lonko a Foyel, en su marcha hacia el norte. Como sabemos, con ellos viajaba el inglés Musters: “El 18 de febrero se vio humo al norte, no muy lejos, y al caer la tarde llegó un chasque trayendo consigo un par de botellas de aguardiente para Quintuhual, así como la noticia de que las cosas marchaban bien en el campamento de Foyel”. Tres días más tarde, los viajeros resolvieron “mandar mensajeros desde ese lugar, al que se denominó Cushamon, para prevenir de nuestra aproximación a Foyel y también a Cheoeque, el cacique de Las Manzanas”. En su reconstrucción de tan dilatado itinerario, el geógrafo Rey Balmaceda situó a ese punto de la travesía “en la Colonia Cushamen, departamento del Chubut, a orillas del arroyo Cushamen”. Puede aventurarse entonces, que Ñancuche Nahuelquir no sólo eligió Cushamen para instalarse allí porque había buenos pastos y abundante caza. La gente de Kintuwal se dirigía a la Manzana Mapu para formar parte del trawün que deliberaría en la ruka de Sayweke. Es posible pensar que entre las 24 familias que llegaron a poblar Cushamen, existiera un conocimiento previo sobre las condiciones favorables del lugar.

Cabe recordar que ya 30 años antes de la instalación en el paraje, los tehuelches le habían dicho a Musters que del Tecka para arriba, comenzaba “el país de los araucanos”. Es más, se desarrolló en ese sitio una ceremonia que el inglés, presa de su eurocentrismo, no supo valorar. “A la mañana siguiente, una vez que se hubo leído y explicado la carta a los caciques reunidos, los dos mensajeros, que eran hijos de caciques, se presentaron con dos caballos cada uno; y después que se les hubo dado algunas órdenes verbales, emprendieron su viaje entre los aullidos de unas cuantas viejas y un toque de corneta. El resto de la partida, que había montado para que el acto fuera más pomposo y ceremonioso, salió a cazar”. Obviamente, para el marino el hecho más destacable fue la misiva que él había escrito por solicitud de Casimiro. Pueden evocarse no obstante, los tayül (cantos sagrados) que entonaron las kuze para convocar a los newen de los respectivos werken, que se aprestaban a cumplir una misión de importancia. De ahí el respaldo de los resto de sus peñi, que no montaron por cuestiones de pompa, sino para alentar a los jinetes que partían hacia la ruka de Foyel. Sí, Cushamen ya era territorio mapuche cuando nada hacía prever el desastre que se desencadenaría apenas una década más tarde. Pero claro, para gente como Benetton “los vasallos no son humanos, no son personas, no están siquiera allí en realidad”.

En octubre de 2002 llovía en Leleque, la tormenta no daba tregua. Pero estaba el lonko Agustín Sánchez. Estaba la pillankuze Carmen Calfupan también. Éramos unos 70. De Vuelta del Río, de Füta Huao, de Leleque, de El Bolsón, Esquel y Bariloche. El frío y la humedad de la noche se soportaron en los fogones, entre charlas interminables, toques de kultrün y quejidos de ñorkin. La noche también fue aliada, como en tantas ocasiones antaño, cuando la oscuridad ocultaba la polvareda que levantaba el galope de los weichafe o bien, las despaciosas marchas después de la derrota. No paró de llover en ningún momento y algunas de las carpas quedaron entrampadas en charcos. Pero estábamos ahí para “escrachar” a los verdaderos usurpadores, para juntarnos y ayudarnos, para seguir construyendo la sociedad más justa que sueñan hace tiempo mapuche y también algunos no mapuches.

A la mañana tuvo lugar un pequeño conciliábulo. El cansancio no jugaba a favor, la ropa mojada y el viento provocaban comprensible mal humor. La idea original era “mudarnos” 10 kilómetros más al sur, donde se sitúa el campo en conflicto. Pero tanta adversidad climática sembró dudas y se propuso hacer el ngellipün ahí mismo, para no pedir más sacrificios, sobre todo a los mayores. Varios hicieron uso de la palabra sin que se alcanzara el acuerdo hasta que Segunda Huenchunao, de Vuelta del Río, zanjó el asunto. La lamgen no es precisamente una piba pero dijo que estábamos ahí para lograr la restitución del campo usurpado y que había que hacer la ceremonia allá, en el lugar de los Curiñanco. No hubo voces en desacuerdo y entonces, nos desplazamos los 70 en varios viajes de los pocos autos que había.

Cuando llegamos a Santa Rosa, los policías que custodiaban el lugar se mostraron inquietos. José –hijo de Atilio y Rosa- los saludó con un multicultural “fuck you”. Nótese cuanto celo. No sólo el Poder Judicial había ordenado un desalojo a todas luces injusto y con celeridad desusada, además había dispuesto que el predio quedara bajo la vigilancia de servidores públicos. Desde entonces, la Policía de Chubut funciona como guardia privada de la Compañía de Tierras del Sud Argentino. De hecho, la estación de servicio que por entonces funcionaba del otro lado de la ruta, fue adquirida por los Benetton para emplazar allí una comisaría. En la soledad de esos parajes, la dependencia no puede tener otra función que cuidar los intereses de la trasnacional, que asfixia con sus alambrados a varias comunidades mapuche.

A la vera de la cinta asfáltica quisimos levantar otra ramada y encendimos el fuego. Los caños que teníamos para usar de postes estaban helados y su manipulación se tornaba una tortura. Las manos enrojecidas respondían a duras penas pero Enrique Ranquehue hizo las veces de capataz y en relativamente poco tiempo, terminamos de erigir el nuevo refugio. Esperamos a que llegara la pillankuze Carmen. Casi centenaria, la abuela y otros mayores habían pasado la noche en la ruka de un peñi que vivía más lejos. La mítica ruta 40 se cortaría en dos puntos para permitir el desarrollo correcto y seguro de la ceremonia. A los viajeros se les explicaría que el corte se hacía porque la Policía no nos permitía hacer el ngellipün en el campo que habían recuperado nuestros hermanos.

Como quien no quiere la cosa, los encargados de los piquetes fueron caminando despacito hacia cada extremo bajo la mirada desconcertada de los uniformados. Además de efectivos chubutenses, había gendarmes ya. Cuando frente a la ramada el rewe quedó levantado, se efectivizaron los cortes. La escena era conmovedora. Ante nosotros se desplegaba en toda su inmensidad la meseta de la Patagonia, territorio mapuche que primero pisoteó la Argentina para luego, entregar generosas leguas a una compañía inglesa. Ya había clareado y desde la banquina que ocupábamos, observaba el gris plomizo de las nubes con una mezcla de recogimiento y enojo. Mirábamos hacia el este, entre los sauces y los álamos se alcanzaban a distinguir los techos rojos de la estancia. El viento hacía doler los oídos. Era evidente que los ancestros estaban allí, entre nosotros, cuando el lonko y la pillankuze dieron comienzo a la ceremonia, al “dar y recibir” que define al ngillanmawün, la manera mapuche de entender la espiritualidad. También en esa dimensión es la reciprocidad el principio que regula las relaciones entre los mapuche y los diversos newen.

Era tan obvio que éramos parte de ese rincón del Wallmapu, tan intenso el fundamento de esa insólita presencia, que nadie osó molestarnos. Nosotros, un minúsculo grupo que se perdía en la amplitud exagerada de esos campos, nos pusimos de nuevo a disposición de las otras fuerzas de la naturaleza para recobrar el equilibrio que día tras días, el winka se esfuerza en alterar. No, no siempre se pide por agua en las rogativas o en los kamaruko, como supuso tanto estudioso miope. En la ceremonia que los puelche llaman ngellipün, nadie le ruega nada al Ngenechen [5] que en forma tan presta, idearon los primeros sacerdotes que anduvieron por aquí. Estábamos en Leleque para sostener la relación de compromiso que existe entre los che y los newen del universo al que pertenecemos. Volvíamos a asumir la función particular que nos toca cumplir como una de las fuerzas del Wallmapu. No podíamos dejar una tarea tan importante en manos de gente como Benetton.

Sólo los insensibles podían no emocionarse ante la tarea de Carmen, diminuta, de paso vacilante en el barro y de mirada llorosa, como tantos ancianos del campo. La pillankuze condujo la ceremonia con voz dulce y firme, resaltó los aspectos centrales, puso en segundo plano las formalidades no tan importantes y nos guió a todos, sin que la lluvia la molestara demasiado.

Mientras las kalfümalen distribuían el muday o la yerba, yo miraba de reojo hacia los piquetes. En el que cortaba la ruta para los vehículos que venían desde Esquel, un conductor de los que nunca faltan amagó a sobrepasar el ramerío por la derecha pero los propios gendarmes se encargaron de contenerlo. Además, había llegado la televisión para registrar algunas imágenes. Parte de esas tomas al año siguiente recorrerían parte de Europa, inclusive Treviso. Pero por entonces, los reporteros del canal esquelino pensaban que simplemente estaban cubriendo la noticia del día.

Cuando el ngellipün terminó volvimos a la ramada y los peñi de los piquetes levantaron el corte, que después de todo sólo se había prolongado por un par de horas. Para nuestra sorpresa, cuando los vehículos que se habían demorada pasaron frente al grupo, sus ocupantes saludaron con bocinazos, manos en alto y gestos sonrientes. No todos, claro. Respondimos con los correspondientes marichiwew y otros afafan. Con agua hasta en el alma, como todos, Millán comenzó a sugerir la preparación del almuerzo.

Nos apiñábamos debajo del precario refugio y compartíamos algunos mates cuando se apersonaron unos uniformados de color verde. Uno de ellos preguntó quién estaba a cargo o quién era el responsable. Antes que nadie ensayara cualquier respuesta más o menos ambigua para ganar tiempo, el lonko Agustín respondió con prontitud y autoridad: “Yo soy el responsable”. Fue su única expresión en winkazugun. Al resto de las inquietudes las contestó en mapuzugun ante el desconcierto de su interlocutor. Pocas veces quedó simbolizada con tanta contundencia la diferencia entre una cultura que se mueve en torno al interés y la coerción y otra que está preocupada por la vigencia de otros valores. Salvo Atilio, Rosa y sus hijos, ninguno de los que estábamos ahí perdíamos o ganábamos nada desde la perspectiva material, quedara Santa Rosa en poder de Benetton o fuera restituido el predio. No creo que el gendarme pudiera captar el contraste, pero evidentemente algo percibió en la mirada de ese viejo que lo increpaba, la fuerza de su palabra alguna fibra tocó porque sin mayores trámites, optó por retirarse y llevarse consigo a su destacamento. Ni siquiera hubo causas judiciales por ese primer corte.

Esa escena se repetiría dos años más tarde, con ribetes casi surrealistas, a unos 1.800 kilómetros de Leleque. A través de las gestiones de un puñado de diputados que se había sensibilizado ante el avance de las compañías mineras en territorio mapuche, la “11 de Octubre” obtuvo un espacio en el Congreso de la Nación para poner de relieve la situación de conflicto que se vivía en varias comunidades. De la delegación formaron parte Atilio Curiñanco y Rosa Nahuelquir, entre otros. El lonko Agustín Sánchez también viajó.

Durante las primeras horas de ese día (15 de julio de 2004), el grupo de mapuche que se había trasladado a Buenos Aires para contar en la gran ciudad qué era de su suerte, quiso comenzar las actividades de la misma manera que en sus territorios ancestrales. No sin esfuerzo, levantaron el rewe en una apretada superficie de tierra que pudieron encontrar en la Plaza de los Dos Congresos, uno de los centros neurálgicos de la ciudad. Cuando advirtieron los preparativos, varios efectivos de la Policía Federal se aproximaron para repetir, palabras más palabras menos, aquella requisitoria del gendarme con destino en Chubut. En este caso, preguntaron los de azul si los mapuche tenían autorización... Tomó de nuevo la palabra el lonko de Füta Huao, ese hombre de talla más bien pequeña y vozarrón estridente. Se expresó en el idioma de sus mayores, en el mapuzugun que quizás ese cemento jamás había percibido. ¿Sabría el federal que dentro de la Argentina había gente que se comunicaba en lenguas distintas al castellano? El uniformado vio que ese viejo, de nuevo contagiaba determinación y que los suyos, no tenían la apariencia de los vacilantes. Se alejó y entonces, frente al Congreso, el pequeño contingente llevó a cabo su ngellipün. El tráfico vehicular ya era intenso en el centro porteño...

Por la tarde, en la voz del werken, el pueblo mapuche le recordó sus culpas históricas al Poder Legislativo de la República Argentina:

Fue el Congreso como brazo legislativo del Estado quien el 4 de octubre de 1878 autorizó al Poder Ejecutivo, es decir al general Roca, a establecer “la línea de fronteras sobre la margen izquierda de los ríos Negro y Neuquén, previo sometimiento o desalojo de los indios bárbaros de la pampa”. Eran nuestros mayores aquellos bárbaros, nuestros ancestros mapuche, quienes estaban por sufrir en carne propia la mal llamada Conquista del Desierto.

La misma terminología que utilizó el entonces ministro de Guerra para convencer a los legisladores, deja en claro la magnitud de la usurpación que sufrió y sufre aún nuestro pueblo mapuche. En el anteúltimo de los párrafos de su discurso sostenía que creía "justo y conveniente destinar oportunamente a los primitivos poseedores del suelo, una parte de los territorios que quedarán dentro de la nueva línea de ocupación".

El propio Roca, homenajeado por tantas estatuas, admitía en su mensaje que la Argentina se preparaba a conquistar un territorio que no le pertenecía, que tenía "primitivos poseedores". El futuro presidente de los argentinos le pedía a su Poder Legislativo que le otorgara las partidas presupuestarias necesarias para cumplir con la Ley 215, que ya había ordenado correr la frontera hasta el río Negro, en 1867. La idea no era nueva: cuando surgió este pensamiento, en el siglo pasado (por el XVIII), el desierto empezaba en el Fortín Areco, Mercedes y el Salado.

Una vez más el invasor ponía en evidencia la dimensión del crimen que se aprestaba a cometer. Si la Argentina había heredado las fronteras y posesiones del antiguo virreinato del Río de la Plata, éstas debían permanecer a unos 200 kilómetros de Buenos Aires. Pero en agosto de 1878 confesaba Roca ante los miembros del Congreso, que "la población civilizada se extiende por millares de leguas más allá de la línea de frontera que nos legó el virreinato, y la riqueza pública y privada que la Nación se halla en el deber de garantir, se ha centuplicado".

Fue el Congreso el que aprobó por ley y en forma consciente la usurpación de nuestro Wallmapu. En teoría, imperaba el estado de derecho en la Argentina que nos invadió, sin embargo sólo un diputado alzó su voz para señalar que se estaba violando la Constitución de 1853, la que ordenaba "conservar el trato pacífico con los indios". Esa cláusula constitucional -que desapareció después de la reforma de 1994- hacía expresa referencia a los tratados que nuestros lonko (autoridad ancestral mapuche) habían firmado con autoridades nacionales y provinciales de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la Confederación o la República, sucesivamente.

Al internarse las tropas del general Roca en nuestro territorio, varios de esos tratados estaban en vigencia, en particular los que habían firmado nuestros lonko Sayweke, Purrán, Pincén, Mariano Rosas y Baigorrita, entre otros. Sin embargo, a los que invadían en nombre de su civilización no les importó respetar los acuerdos que habían celebrado pocos meses atrás, los que establecían claramente por dónde pasaban las fronteras.

El Poder Legislativo de la República no reparó en esos detalles, pero de los 20 artículos de fondo con que contó finalmente la Ley 947 -la que Roca quería- 15 se destinaron a establecer cómo se repartirían las tierras que las columnas del Ejército nos arrebataron. No está de más recordar que el propio ministro de Guerra se quedó con 15.000 hectáreas de la mejor calidad, en cercanías de Guaminí.

Sin embargo, el Poder Legislativo no consideró necesario reaccionar cuando las columnas del Ejército cruzaron el río Neuquén para subyugar el territorio mapuche pewenche. No aceptamos la explicación de la “historia oficial” que excusa el atropello a partir de la insubordinación de un subalterno: Napoleón Uriburu.

Roca convalidó su violación a la ley y la hizo propia, ante la ausencia moral de diputados y senadores, cómplices con su silencio de la usurpación que también sufrieron nuestros mayores al sur de los ríos Neuquén, Negro y Limay. Es más, ya en la presidencia de la Nación, el perpetrador de la guerra que nos trajo el winka dispuso nuevas expediciones al Nahuel Huapi, a la cordillera de los Andes y al interior del actual territorio patagónico. Buscaba que ninguna de nuestras comunidades pudiera permanecer en libertad, que el sometimiento fuera total, que el genocidio se consumara. Para concretar los postreros ataques contra nuestro pueblo dejó la hipocresía de lado y ni siquiera se preocupó por guardar las formas: el Congreso se encontró frente a hechos consumados que no había previsto en leyes y debates. A nadie le importó demasiado que la Argentina cargara en su conciencia con crímenes que hoy serían considerados de lesa humanidad: fusilamientos sumarios, deportaciones masivas, desmembramiento de familias, prisión en condiciones infrahumanas, esclavitud y otros regalos notables que recibimos de la civilización. Sólo un pequeño sector de la prensa demostró cierta vergüenza ante el atropello, pero sus páginas fueron rápidamente olvidadas por quienes decidían qué sucesos de la historia debían relatarse y cuáles no [6].

Dijo muchas otras cosas el werken esa tarde, ante poco más de 200 personas, entre ellas, sólo cinco diputados. Explicó que el mapuzugun comunica a los mapuche cada verdad de su entorno, que transmite un mensaje profundo, filosófico, ideológico y espiritual. Que ese mismo lenguaje jamás acuñó una representación para el concepto de propiedad privada, “un blanqueo del dominador para justificar el despojo, la destrucción, la violencia y la muerte” [7]. Proclamó también que “hoy como ayer este Congreso sanciona leyes que tienen como objetivo allanar el camino de la destrucción, de la depredación y de la rapiña. Empresas mineras, multinacionales, forestales, grupos empresariales nacionales e internacionales como Benetton, se ven beneficiadas por el derroche filantrópico de este Congreso a estos sectores”.

Varias aseveraciones más precisó Millán al dar a conocer ese manifiesto, al que los hermanitos trevisanos tuvieron que soportar que se leyera inclusive en su patria chica. Horas antes, se había proyectado en la sala un documental que se detiene en varias de las alternativas del “conflicto con Benetton”. Sobre todo, en el segundo escrache, que tuvo lugar en febrero de 2003. En esa ocasión no llovió y gracias el verano, participó más gente. Pero también hubo más uniformados, algunos de ellos munidos de cámaras fotográficas. Después de esa movilización, la Justicia sí determinó algunas indagatorias. Ese trabajo se denomina “Marichiwew” y se mostró en varias oportunidades, luego de aquella primera proyección en la esquina porteña de Rivadavia y Riobamba. La cámara solidaria registró los instantes finales de aquel ngellipün, cuando el werken hacía referencia a un ancestro. “Un antepasado mapuche, un orientador de la resistencia, presagió frente a la muerte, el saqueo y la invasión que se venían, que por cada uno de nosotros que cayera, diez se levantarían. ¡Marichiwew!, decía ese peñi ¡Diez veces estamos vivos los mapuche!, era lo que decía... ¡Marichiwew!”.

Ese es el grito que acompaña cada ceremonia y cada movilización mapuche, desde hace 450 años. Ese antepasado, ese toki u “orientador de la resistencia”, era Leftraru o Lautraru. En winkazugun, Lautaro. El toki Leftraru, pesadilla de los españoles.


[1] Declan Kiberd, “La invención de Irlanda”. Adriana Hidalgo Editora, 2006.

[2] George Charles Musters, “Vida entre los patagones. Un año de excursiones por tierras no frecuentadas desde el estrecho de Magallanes hasta el río Negro”. Ediciones Solar. Buenos Aires. 1964.

[3] Un tehuelche a quien así llamaban en Santa Cruz.

[4] Walter Mario Delrio. “Memorias de expropiación. Sometimiento e incorporación indígena en la Patagonia (1872-1943)”. Universidad Nacional de Quilmes. 2005.

[5] Según pudieron establecer mapuche que realizan investigaciones lingüísticas sobre su propio idioma, el término Ngenechen es de formulación relativamente reciente. Es un vocablo mapuche que significa “dueño de la gente” o que “domina a la gente”. Los cristianos asimilan ese concepto a su noción de Dios. Sin embargo, en las ceremonias tradicionales de la espiritualidad mapuche jamás se invoca a Ngenechen salvo que la comunidad en cuestión evidencie una clara influencia católica o evangélica. Los mapuche de la actualidad sospechan que el término se acuñó a instancias de los misioneros de los siglos XVI y XVII ya que en la espiritualidad mapuche no existe la figura de alguien que “domine a la gente”. Algo similar sucede con Futa Chao o Gran Padre, otra noción que si se expresa así, es extraña a la cosmovisión mapuche.

[6] Proclama Mapuche–Tehuelche del 15 de julio de 2004 en Puelmapu (territorio mapuche), Chubut-Argentina.

[7] Ídem.

Una de piratas

Ecologista. Tras su breve paso por Punta del Este, la tarde del domingo 11, el empresario amarró en Puerto Madero.
Ecologista. Tras su breve paso por Punta del Este, la tarde del domingo 11, el empresario amarró en Puerto Madero.
15-01-2009 / El empresario parece tener dos caras: ecologista y contaminador. Detrás del magnate, el mayor terrateniente del país, se esconde detrás del discurso “verde” para incursionar en las minas de oro y cobre. Deudas impagas, denuncia penal y saqueo de recursos naturales.
Por Carlos Romero

Cuando el lujoso yate de Luciano Benetton arribó a Puerto Madero el pasado 11 de enero, no sólo descendió de él un “ecologista” –como el magnate italiano gusta que lo llamen–, sino también el mayor terrateniente de la Argentina y también un flamante empresario minero. Sucede que a su tradicional actividad en el negocio textil –que lo transformó en un magnate de la moda–, ahora Benetton busca sumarle exploraciones de oro y cobre en San Juan. A simple vista, suena contradictorio que quien dice bregar por la defensa del medio ambiente se dedique a una de las industrias que más daño causan a la naturaleza. Desde otra óptica –una igual de verde, pero por el color de los dólares–, para un millonario lo más importante son los millones. Y en eso, la minería tiene pocos rivales.

De todos modos, no es la primera vez que Benetton tiene un discurso “reversible”, como esas prendas con más de una cara. Además de la guerra personal (y desigual) con los mapuches por una parte de sus tierras ancestrales, Benetton supo enfrentar acciones legales al negarse a pagar impuestos y ahora podría ser objeto de una denuncia penal donde se lo acusa de haber “vaciado” una de sus empresas para evitar saldar un juicio perdido.

Oro. “My Tribu”, como se llama el barco de Luciano –que viene navegando desde Génova e hizo escala en Marruecos, Cabo Verde, Río de Janeiro y Punta del Este– recibió la “estrella verde” por contar con un sistema para tratar las aguas servidas y reducir la emisión de carbono. Lo dicho: el yate de media cuadra de Benetton no contamina, pero no puede decirse lo mismo de sus nuevos y lucrativos proyectos bajo tierra sanjuanina.

En la Argentina, Luciano –de 73 años, cabeza y factotum junto a su hermano Carlo del Benetton Group– posee más de 900.000 hectáreas, a través de la Compañía de Tierras Sud Argentino S.A. Es el equivalente a 45 veces el tamaño de la Capital Federal. Sólo el norteamericano Douglas Tompkins compite con él en este indiscriminado juego inmobiliario en que se ha rematado una parte estratégica de la Argentina. En los campos de los Benetton pastan sus 260.000 ovejas. De ellas obtiene la preciada lana para sus prendas, los casi 1.300.000 kilogramos que cada año exporta a Italia, después de pagar retenciones de 5 o 10 por ciento, según se trate de lana lavada o sucia (en Trelew la empresa cuenta con el lavadero más grande de toda la Argentina). Benetton no tiene locales propios en el país y exporta el total de su producción, casi sin valor agregado.

En Europa, una vez confeccionadas las prendas pasan a las vidrieras de Viena, Londres, París, Venecia, Lisboa, Praga, Berlín y Hong Kong, entre otras capitales. Y así, la lana de las ovejitas patagónicas se transmuta en nuevos billetes para Luciano y Carlo.

Siempre inquieto, en los últimos años el magnate buscó diversificar. Les ordenó a los capataces de sus seis estancias –distribuidas en Chubut, Buenos Aires, Santa Cruz y Río Negro– que se abocaran a los cereales y a producir carne vacuna y ovina. Como en los tiempos de la Colonia, Benetton practica el negocio de ganar mucho a precio de ganga.

Compró campos cuando las tierras patagónicas valían poco incluso a nivel local. Ahora, sus estancias descansan sobre un suelo que cotiza con varios ceros en el mercado de la especulación inmobiliaria internacional. La propia empresa sostiene que, en los últimos 12 años, sus operaciones le rindieron unos 11 millones de dólares. En contraste con estas ganancias millonarias, los peones que cuidan ovejas viven otra realidad. Según la Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores (Uatre), el sueldo promedio de un peón ovejero apenas roza los 1.500 pesos y los 65 pesos en caso de ser jornaleros.

En rojo. El yate “verde” en el que Benetton recorre el mundo está valuado en unos 32 millones de dólares. La cifra es digna de un magnate y Luciano la pagó con gusto. Nada es demasiado cuando se trata de cumplir un capricho. No sucede lo mismo, por cierto, a la hora de cumplir con el fisco. Para muestra, basta con repasar el historial comercial que el empresario italiano y su hermano Carlo supieron construir en la Argentina.

En noviembre de 1998, los Benetton tuvieron que afrontar dos juicios a causa de sus abultadas deudas tributarias en Chubut, provincia en la que hoy la Compañía de Tierras Sud Argentino acumula 306.100 hectáreas en campos donde pastan 86.500 ovinos y 7.000 vacunos. Las demandas fueron iniciadas por dos pequeñas comunas que, tras agotar todas las instancias de cobro, acudieron a la Justicia para reclamarle a los empresarios unos 150 mil pesos en tasas inmobiliarias impagas: más de 100 mil pesos en El Maiten, un diminuto pueblo cercano a El Bolsón en el que Benetton tiene una de sus mayores propiedades, y otros 47 mil en Epuyén, donde se encuentra la estancia Leleque. En el primer caso, la deuda se inició en enero de 1997, luego de que el Consejo Deliberante local dispusiera un aumento en la alícuota del tributo a la tierra. Los italianos lo consideraron excesivo y por eso decidieron dejar de pagar. Un año después, el cuadro de rebeldía fiscal se repitió en Epuyén. Las boletas en rojo se apilaron y como en estas dos localidades chubutenses los Benetton eran y son los principales contribuyentes, las finanzas municipales hacían agua. Los intendentes llegaron a rebajar las tasas, pero los empresarios seguían sin pagar. Sólo se sentaron a negociar en 1999 cuando la queja se transformó en juicio.

Justamente en Leleque, una de las estancias por la que Benetton fue denunciado, se encuentran las 385 hectáreas del predio Santa Rosa, que la comunidad mapuche le disputa. Allí resiste desde 2002 la familia de Atilio Curiñanco, en una lucha desigual contra el ejército de abogados de Benetton, que por todos los medios busca desalojarlos.

En ese suelo vivieron los padres de Curiñanco y los padres de sus padres. Lo que los mapuches llaman, con la mirada serena, sus ancestros, y que la ciencia, con exactitud, probó a través de estudios genealógicos. Benetton, en cambio, esgrime títulos que se remontan al siglo XIX, fruto de la repartija de tierras que hizo posible el genocidio al que Julio Argentino Roca bautizó como “Campaña del Desierto” (ver nota aparte). De ese mismo predio los Curiñanco fueron desalojados con una denuncia penal por usurpación. Viajaron a Roma para reclamarle a Benetton que les devuelva la tierra a la que pertenecían. Incluso el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel trató, sin éxito, de interceder. Cansados, en febrero de 2007 los Curiñanco volvieron a ocupar las tierras y allí permanecen.

“Benetton esta intentando desalojar a la comunidad mapuche por medios judiciales y desde hace dos años viene fracasando”, señala Fernando Kosovsky, abogado de la familia Curiñanco. “Hubo un intento de desalojo efectivo que no se hizo, ya que la Justicia falló a favor de los mapuches al comprobarse que la vida del pueblo no altera el medio ambiente, que es lo que el millonario postulaba”, agrega Kosovsky, para quien “la lucha de los mapuches bien podría ser definida como la pelea entre David y Goliat”.

Embargado. No fue la última vez que Luciano Benetton mezcló sus negocios en el país con los escándalos judiciales. De hecho, el 12 de diciembre pasado, un juez federal ordenó la ejecución de bienes en la Argentina del Benetton Group hasta cubrir la suma de 12.529.675 pesos –incluidos los intereses–, en un juicio por daños y perjuicios iniciado a fines de los ‘90. “Llevar adelante la ejecución hasta hacerse el pago íntegro del capital reclamado, intereses y costas al acreedor”, fue lo dispuesto por Fernando D’Alessandro, a cargo del juzgado nacional de primara instancia en lo Comercial N°7. La historia, que podría sumar una denuncia penal contra los hermanos Benetton ya que aún no pagaron, nace varios años atrás, en 1984. En febrero de ese año, el empresario argentino R. J. Willmott conoció a Luciano, de visita por Punta del Este. Un año después y en Treviso, ambos negociaron la comercialización local de algunas marcas del grupo, a través de la firma Benettar SAIC. Se sucedieron viajes y entrevistas, y hasta se llegó a un preacuerdo, pero las marcas nunca pudieron ser cedidas por el simple hecho de que ya estaban registradas en la Argentina. Un obstáculo que, según sostuvo Willmott, Benetton había prometido solucionar. Benettar responsabilizó a los italianos por el contrato frustrado y las pérdidas ocasionadas, y les inició una demanda.

Desde el inicio de esta relación fallida tuvo un rol protagónico otro empresario bien conocido en los tribunales argentinos: Marcos Gastaldi, que con su hermano Federico hicieron posible el contacto de Willmott con Benetton, a quien los une una amistad de años. Marcos –quien en 2002 fue acusado de estafa por su participación en el desaparecido banco Extrader y llegó a estar preso– está casado con Marcela Tynaire. En la chacra que su suegra, la conductora televisiva Mirtha Legrand, posee en José Ignacio, la pareja Gastaldi-Tynaire recibe a Luciano en sus visitas a las costas esteñas.

El 15 de diciembre del 2000, el Benetton Group fue condenado a pagar 1.889.482 dólares, incluidos gastos y el beneficio económico frustrado. En 2006 la Cámara de Apelaciones refrendó el fallo y en mayo de 2008 el juez ordenó el embargo por más de 12 millones y medio de pesos sobre cerca de 100 marcas que Benetton posee en el país. Pero el fallo quedó en el aire. Según el abogado de Benettar SA, Enrique Spinedi, el 15 de mayo, un día antes de que la medida se hiciera efectiva, el grupo italiano transfirió casi todas las marcas en cuestión. “Sólo se pudieron embargar 6 o 7, quien ahora tienen que pasar a remate”, señala Spinedi, que acusa a los Benetton de montar una maniobra para no pagar. Por eso, en febrero, asegura, presentará una denuncia penal contra ellos por el delito de “insolvencia fraudulenta”. “Lo que indigna es la ostentación de su yate y que acá vuelvan insolvente a su empresa. Igual, los vamos a perseguir por todo el mundo hasta que paguen”, advierte Spinedi. Las esperanzas del abogado están bien fundadas. En términos globales, los Benetton están en condiciones de solventar este juicio y mucho más. Presente en 120 países, las 160 millones de prendas que el grupo produce por año le permitieron en 2007 facturar más de 2.000 millones de euros, con ganancias por 145 millones de esa misma moneda.

Negocios de todos los colores. Además de ciertas inversiones forestales, en la Argentina el otro “chiche” nuevo de los Benetton es la industria minera. Desde luego, cualquier empresario que busque expandir sus operaciones –y Benetton siempre lo está haciendo– no tarda en darse cuenta de las bondades que el subsuelo y la legislación locales ofrecen a este sector. Por otra parte, los duros conflictos que las compañías mineras suelen tener con los ambientalistas no son un problema para el magnate, acostumbrado como está al repudio de comunidades enteras.

En noviembre pasado, la empresa Minera Sud Argentina SA –donde los Benetton tendrían mayoría accionaria– comunicó que estaba realizando exploraciones en el noroeste de San Juan, buscando oro y cobre. La firma ya anunció inversiones por 500.000 dólares con el fin de rastrear estos minerales en el departamento cordillerano de Iglesia. Según publicaron medios sanjuaninos, el proyecto, que lleva el nombre de Brechas Vaca, se estima de “alto potencial” y el primer tramo estará a cargo de la firma Eco Minera SA.

Así las cosas, mientras las perforaciones avanzan en San Juan, Benetton, que llegó a Puerto Madero en su lujoso barco “ecológico”, se dedica a una de las industrias que mayor contaminación del medio ambiente genera. Contradicciones, le dicen.

Para algunos, esta no es la primera vez que el magnate mira por debajo de las ovejas que pastan en sus campos. En 2003, cuando se creó Minera Sud Argentina, Luciano estaba en pleno conflicto con la comunidad mapuche. Un año antes había logrado desalojar a los Curiñanco de las tierras en conflicto. En ese entonces, los abogados de la familia sostuvieron que detrás de la embestida del magnate italiano podría ocultarse la intención de explotar el mineral que se encontrara en esas tierras. El tiempo y las perforaciones dirán qué hay de cierto en estos dichos. Por lo pronto, no suenan disparatados. En cierta forma, desde que puso un pie en la Argentina, Luciano siempre buscó oro.


Informe: Tomás Eliaschev, Bruno Lazzaro y Deborah Maniowicz

domingo, 11 de enero de 2009

HOMENAJE A RAUL SCALABRINI ORTIZ


Por una iniciativa de la Corriente Consenso Bicentenario, la Presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner firmó el decreto 2185/2008 por el cual se declara al 2009 Año de Homenaje a Raúl Scalabrini Ortiz.Esta medida está inserta dentro del proceso de reparación histórica que lleva adelante el Gobierno Nacional y realiza un acto de justicia para con este hombre, silenciado por la historia oficial por desenmascarar el sistema colonial implementado en La Argentina desde su nacimiento como Nación. Entre sus fundamentos destaca el Decreto oficial que "el próximo 30 de mayo de 2009 se cumplen CINCUENTA (50) años de la desaparición física del destacado pensador y escritor nacional Raúl SCALABRINI ORTIZ.

viernes, 2 de enero de 2009

Por qué quiere vivir con Brian


Pide la custodia del menor investigado por el asalto y muerte del ingeniero Barrenechea.

En la casa de la diputada Claudia Bernazza se escucha cumbia villera. Una parte más de la vida cotidiana que ella y su marido, Enrique Spinetta, comparten hoy junto a seis jóvenes en guarda. “Nosotros éramos maestros en Berazategui. Muchas madres trabajaban como empleadas domésticas y sus chicos quedaban en la calle solos después del horario escolar. En 1985 empezamos conviviendo con 25 chicos de entre 7 y 17 años, intentando el retorno al hogar”, cuenta Spinetta. Su historia se hizo pública esta semana, cuando quisieron sumar a su custodia la guarda de Brian, el joven de 16 años sospechado de participar en el asesinato del ingeniero Ricardo Barrenechea, ocurrido en octubre pasado en San Isidro. Esta semana, el matrimonio apeló la decisión del juez que denegó su guarda con el argumento de la peligrosidad del crimen que se le imputa y el peligro de fuga.

¿Por qué decidieron pedir la guarda de Brian?

Claudia Bernazza: Los chicos no pueden convivir con las paredes de un instituto, por eso fracasan las instituciones del Estado moderno, instituciones propias del siglo XVIII y XIX que se arrastran a la institucionalidad pública durante el siglo XX mostrando su fracaso total. Ahora tenemos 6 chicos en guarda con causas absolutamente similares a las de Brian. ¿Se puede convivir con estos chicos? Por supuesto.

Enrique Spinetta: Un pibe no decide ser delincuente, detrás hay una larga historia de injusticia. El liberalismo dejó de pensarnos como comunidad para que sólo pensáramos en nosotros mismos.

¿Qué les ofrecen a los menores en guarda?

Spinetta: Nuestra propuesta tiene que ver con el afecto. Una vez que el vínculo se forma, pueden estar dos años, o diez, o hasta que se casan o deciden hacer su propio proyecto.

¿Cómo es la convivencia diaria?

Bernazza: Se cumple la rutina de cualquier familia. Los acuerdos con los chicos son más fáciles y los acuerdos con los adolescentes son más difíciles, como en todo núcleo convivencial, tratando de que en la disputa de poder las decisiones queden en manos de los adultos. Pero los adolescentes disputan ese poder como en cualquier familia, entonces se necesitan acuerdos construidos con amor y con límites.

¿Qué tan complicado es construir acuerdos ante historias tan problemáticas?

Spinetta: Hay una fantasía de que los pibes que han vivido eso ya no tienen retorno. En realidad no es así, es cuestión de una decisión mutua para convivir y definir proyectos que puedan verse posibles. Se trata de mostrarles una cara de la sociedad que todavía no conocen.

¿Alguna vez se fugó de su casa algún menor?

Bernazza: La fuga es propia de un lugar donde entraste contra tu voluntad.

Spinetta: Cuando se fueron se trató de un mutuo acuerdo.

Bernazza: Buscamos una estrategia pedagógica. Las derrotas son siempre menores que la derrota que implica a priori un instituto de menores. Por supuesto que con pibes difíciles hay que hacer un trabajo artesanal. Enrique es el que tiene el oficio para trabajar con los adolescentes y ponérselos al hombro cuando están mal.

¿Es una forma de paternidad?

Bernazza: En lo convivencial surge una función materna y paterna ligada al afecto, el amor y el límite.

¿Tienen hijos?

Bernazza: No podíamos tener.

Spinetta: Nos enteramos cinco años después de haber empezado a trabajar con los chicos. Habríamos necesitado un tratamiento sencillo, pero coincidimos en que no lo necesitábamos.

Bernazza: El compromiso nos eligió a nosotros.

Spinetta: En los barrios carenciados es muy común que las madres que ven a pibes en riesgo los acojan en sus casas y traten de encarrilarlos.

¿La madre de Brian está de acuerdo en que reciban la guarda?

Bernazza: Consideró que era lo mejor hasta que se determinara su responsabilidad. Es un gesto de profundo amor el preferir que esté en una familia antes que en un instituto.

¿No cree que ante una sociedad que exige respuestas políticas ante la inseguridad, su iniciativa puede resultar polémica?

Bernazza: Lo que hacemos logra mucho más por la seguridad de la familia Barrenechea que muchos otros que se llenan la boca hablando de mano dura. En homenaje al drama de esa familia y de todos los casos de inseguridad podemos hacer lo que mejor sabemos, trabajar con pibes en riesgo.

“Parecía la viuda de Alberto Fernández”

Veintitres
Graciela Ocaña
Con Eva Perón. Es una de las imágenes de su despacho que más le gusta mostrar.
Con Eva Perón. Es una de las imágenes de su despacho que más le gusta mostrar.
30-12-2008 / Lla ministra del kirchnerismo con mejor imagen habla de todo: denuncia a las droguerías, critica a Lilita Carrió y le pide al Gobierno que rearticule el campo popular.
Por Graciela Moreno

No fue un año fácil para la ministra de Salud, Graciela Ocaña. Pero logró salir invicta. Ganó la pulseada y consiguió que desplazaran a Héctor Capaccioli de la Superintendencia de Servicios de Salud, pero sufrió el alejamiento de Alberto Fernández y hasta resistió una fuerte operación para echarla del Gobierno. Denunció que había muchos “yabranes” en el negocio de la salud; recibió varias amenazas de muerte –en las que sospechan hasta de su propia custodia–, y hasta decidió impulsar 400 sumarios contra obras sociales sindicales. Aferrada a su fe, tiene en su despacho casi media docena de imágenes religiosas. De su cuello cuelga un rosario, su pulsera también lleva varias cruces y por si fuera poco, su colgante es una cruz y un símbolo musulmán contra la mala suerte o “contra los que te tiran energía negativa”, aclara. Con 48 años, Ocaña se convirtió en una de las funcionarias más respetadas del kirchnerismo, algo que la habilita para ser también una de las más autocríticas de la gestión K. Sigue sin callarse nada, da los nombres de los “yabranes” de la salud y hasta los vincula con la Administración Nacional de Alimentos, Medicamentos y Tecnología Médica (ANMAT).

–¿El alejamiento de Capaccioli fue uno de los logros más importantes de su gestión?

–No es para mí un tema de victoria. Lo más importante es cambiar viejos sistemas, porque acá le podés poner el nombre de Capaccioli u otro y es más o menos lo mismo, como lo que pasaba en el PAMI. Los gobiernos cambiaban, pero todo seguía igual. Lo que nosotros queremos cambiar en la superintendencia son los procedimientos, es decir que el dinero que debe ir a la seguridad social vaya a la seguridad social. Si hay una denuncia de algún afiliado, que sea tramitada y que no haya algunos expedientes con camino muy rápido y otros con camino muy lento. Yo no tengo nada personal contra nadie. –Después de las amenazas, ¿siente miedo?

–No es que yo sea muy valiente, pero la verdad creo que cada uno tiene un destino personal. Estoy preocupada, y se lo dije a la Presidenta, por las cincuenta personas que trabajan en el ministerio y son patoteadas. Parece que acá había gente que pensaba que el ministerio era de ellos, y que nunca nadie iba a ejercer ningún tipo de control y eso ha cambiado. Si alguien tenía esa idea, cambió a partir de que comenzamos con esta gestión. Nosotros intervinimos el área de control de sanidad de fronteras y ahí se han recibido amenazas. A mí me duele mucho, fueron amenazadas en plena calle y con cosas burdas de otras épocas, como sacarles fotos para mostrarles que las tenían identificadas. La última amenaza fue hace un mes.

–¿Qué sintió cuando recibió amenazas de su propia custodia?

–Esa fue hace dos o tres meses. La verdad que lo que más duele es cuando te enterás que las mismas personas que deben ejercer la función de custodiar a las personas de la institución son las que realizan este tipo de acciones. Máxime cuando estas personas, en lugar de tomarse algunas medidas, no son ni siquiera separadas, y algunas hasta son promovidas a ámbitos donde se está produciendo la investigación. Eso es preocupante. Básicamente porque uno sabe que algún personal policial está involucrado en el tema de avisar de cualquier operativo, entonces es muy difícil así.

–¿La gente que la amenazó dónde está hoy?

–Entiendo que lo han sacado de aquí, pero está en otro lugar en la administración de la policía. Deberán hacerle sumario. Pero tengo la tranquilidad de que el juez está llevando una prolija investigación. Quiero que todos podamos trabajar tranquilos, como dijo la Presidenta: “Hagan todo lo que tienen que hacer porque nosotros no tenemos ningún compromiso con nadie”. Me siento segura.

–¿De qué sectores provienen las amenazas?

–Evidentemente está gente creía que podía hacer cualquier cosa. En muchas droguerías se venden hasta medicamentos robados a este ministerio. Hay 430 causas en la Justicia, y la verdad que cuando uno hace un cruce, si se analiza causa por causa cómo están en la Justicia, es muy difícil encontrar una lógica. Ahora cuando se analiza el 70 por ciento de los hechos siempre aparecen cinco, seis o diez droguerías.

–¿Cuáles son las principales?

–La principal es una droguería que se llama San Javier. Después, la que era de Sebastián Forza, la que era de Ariel Vilán, Unifarma y también Bisol, que es de una persona que se desempeña, históricamente digamos, no tiene que ver con las actuales autoridades de la ANMAT pero es el hijo de una persona que trabaja en la ANMAT, donde siempre aparecen también medicamentos falsificados o robados. No puedo abrir juicio pero se está haciendo una investigación sumaria. Después está la droguería Romalá. La conozco bastante porque llevó adelante distintas maniobras perjudicando al PAMI, hizo una estafa de tres millones de pesos con medicamentos para la hemofilia. Otra droguería es Prefarm, vinculada a distintos hechos, a los facturadores de la causa Skanska, y está relacionada con el tema de la efedrina y tienen hasta droguerías satélites.

–¿Siguen existiendo “Yabranes” en la salud?

–Como pasaba con Alfredo Yabrán, en la salud, en el desconocimiento está el poder de muchos. Cuando uno recorre las distintas provincias se encuentra con gente como Néstor Lorenzo, que si te remontás, lo encontrás en la causa de la leche podrida de Miguel Angel Vico. Hay gente que, como nadie la conoce porque nadie le ha sacado la máscara, sigue dando vuelta alrededor de la ilegalidad, alrededor de la coima, alrededor de una Argentina que creo que debe ser enterrada y todos estamos haciendo esfuerzos. Otro ejemplo es Néstor Jaimovich, dueño de la salud en Córdoba; el grupo de Carlos Abraham en Santa Fe, más conocido como “Los Carlitos”, en la salud. Yo di muchas peleas contra ellos en el PAMI, muchas. Me amenazaron, me iniciaron querellas, me denunciaron falsamente. Han hecho de todo y esas mismas personas siguen estando en el sistema, y nosotros lo que necesitamos es que esos señores desaparezcan para que el dinero que debe ser para pagar a las enfermeras, comprar insumos, mejorar la infraestructura, sea utilizado para eso.

–¿Falta una decisión política?

–No, creo que la decisión política está. Si no, por ejemplo, yo no hubiese nunca podido hacer lo que hice en el PAMI. Ahí claramente hay una decisión política de Néstor Kirchner, que el primer día me dijo: “Quiero terminar con la caja histórica que existió para la política en el PAMI”.

–¿ Qué sintió cuando se corrían los rumores de que se alejaba del cargo?

–La verdad, yo soy una auxiliar de la Presidenta. Mi renuncia está a su disposición. Si no está de acuerdo con la gestión que estoy haciendo, o aun por una cuestión política, yo estoy dispuesta y doy un paso al costado en cualquier momento. Estoy aquí porque soy parte de un proyecto político y a lo que no estoy dispuesta es a renunciar a ese espacio de militancia. Siempre lo he dicho, desde cualquier lugar voy a acompañar este proyecto que ha sido para mí el proyecto político que más transformaciones ha hecho en el país en los últimos cincuenta años. Creo que es el mejor gobierno que existe desde que yo nací. Uno puede pensar que se podrían mejorar las cosas, se puede tener diferencias, pero te puedo asegurar que no tengo dudas, que no existe otro proyecto político para la Argentina que tenga que ver con la equidad, con la inclusión social, con una economía en expansión, con la generación de trabajo que para mí es, básicamente, lo que da dignidad a la gente. Creo que todavía faltan muchas cosas. Néstor Kirchner, como siempre dijo, llegó al purgatorio, sacó a la Argentina del infierno. Creo que a nuestra Presidenta le tocó un momento más complejo que es cuando uno tiene que poner las bases más profundas para cambiar el país. Kirchner comenzó pero creo que Cristina está llevando adelante la transformación real. Está dando una gran discusión como hacía muchos años no se daba por la redistribución del ingreso en la Argentina.

–¿Qué le pareció la aprobación de blanqueo de dinero teniendo en cuenta que formó parte de la comisión de lavado?

–Ahora, con las modificaciones, estoy de acuerdo. Más allá de que la AFIP no conozca cuál es el origen, sí lo tienen que conocer los bancos. Si vos me preguntás qué me parece, creo que los blanqueos en la historia de la Argentina no es que han generado la vuelta o el regreso de capitales en forma masiva. Pero teniendo en cuenta que vivimos una crisis mundial sin precedentes, creo que también amerita medidas extraordinarias; no es la que más me gusta.

–Se habla bastante de que podría ser candidata en la provincia. ¿Aceptaría?

–Con todos los problemas que tenemos los argentinos en la salud, no me parece oportuno hablar de candidaturas en este momento del año. La verdad es que no me lo planteo. Nunca he pensado en mi vida en función de candidaturas. Tampoco mandé a medir mi imagen, jamás lo he hecho.Siempre me he manejado por lo que creo, por eso soy medio marginal de la política.

–¿Qué sintió cuando se fue Alberto Fernández?

–La verdad que una gran tristeza porque yo tengo un enorme aprecio por Alberto. Te quiero decir una cosa: por quince días parecía la viuda de Alberto, todos me decían: “Cambiá la cara”. Estaba muy triste. Me afectó mucho. No porque tuviera un problema con Sergio Massa, con el cual tengo una excelente relación, hasta te diría en lo personal. En el manejo del día a día es mejor que con Alberto porque Sergio te contesta enseguida y siempre está dispuesto.

–Por sus dichos, se la nota cada vez más crítica de Kirchner.

–No son críticas a Néstor Kirchner persona ni a Kirchner como líder de un espacio político. Sino como la mirada de una dirigente que comparte ese espacio político y básicamente sus proyectos. Yo creo que Néstor Kirchner representa mucho más que un partido político. Acá se necesita una rearticulación del campo popular en la Argentina. Necesitamos volver a rearticular el campo popular bajo un movimiento nacional y popular que pueda ser el sostén político e ideológico del Frente para la Victoria y creo que la persona que puede llevar adelante ese desafío es Néstor Kirchner, que es el líder de todo ese espacio. Por eso me parece que recluirse solamente en el Partido Justicialista es un desperdicio. Hay que volver al kirchnerismo explícito, ese kirchnerismo que básicamente él representaba y que buscaba rearticular ese campo popular en la Argentina. Creo que eso es imprescindible.

–¿Qué opina de Julio Cobos?

–No puedo opinar sobre Cobos, lo que sí puedo decir es que yo como millones de argentinos lo votamos para que acompañe a la Presidenta, y él tiene que acompañarla. Para no defraudarnos a mí y a muchos otros votantes. La verdad que creo que es un buen hombre pero se equivoca, en no acompañar a la Presidenta.

–¿Volvió a encontrarse con Lilita? Ella insiste en que las hormiguitas van a volver...

–No tengo relación con Lilita. Ni encuentros clandestinos ni nada. La verdad que nosotras fuimos muy amigas, más allá de la política. Seguramente en algún momento nos tendremos que sentar frente a frente a tomar un café y conversar sobre nuestra relación personal, particular. Pero la verdad que yo discrepo con ella en cómo ve hoy la Argentina.

–¿Coincide con Kirchner en que Lilita es de derecha?

–Lilita ha hecho un giro a la derecha, centroderecha, como quiera llamarla. Básicamente porque me parece que sintió que con Néstor Kirchner, y esto lo discutimos varias veces cuando yo estaba en mis últimos días en el ARI antes de que me echaran, que nosotros teníamos que tener un acercamiento por la mirada de proyecto de país, porque estaba haciendo las mismas cosas que nosotros proponíamos, porque había que apoyar esa experiencia, porque lo que nos quedaba era sin duda corrernos a la derecha. Y la verdad es que nos quedábamos sin espacio. Así que creo que ella fue corriéndose desde el 2005. Hoy representa algo que yo nunca voy a poder representar.

–¿Por eso se acerca al Pro y a Cobos?

–Creo que ha vuelto a la vieja estructura de la Alianza, como que la está queriendo reflotar. Pero lo que a mí me preocupa como argentina es ese juntarse todos para oponerse a alguien. No juntarse con un proyecto. La verdad es que yo fui parte de la Alianza y lo que nosotros creíamos que podía ser un proyecto que diera cuenta de cambios profundos en la Argentina y terminó siendo peor de lo mismo. Entonces a mí me asusta eso de juntarse para ganar y no juntarse para cambiar o para llevar adelante nuevas propuestas.

viernes, 26 de diciembre de 2008

De Angeli y el "Führer"

jueves, 25 de diciembre de 2008

Argentina: ¿Cómo gritar?


Alberto Morlachetti


Prólogo a Nota: Ante el supuesto crecimiento de la inseguridad en territorio bonaerense el gobernador Daniel Scioli manifestaba ayer en conferencia de prensa, que para frenar el delito hay que bajar la edad de imputabilidad de los menores a 12 años. Tema controvertido que enfrenta a cientistas sociales desde hace muchos años. Scioli advirtió que en territorio bonaerense viven unos 400.000 menores de edad "sin trabajo y sin estudio". Sin duda estos pibes constituyen el objeto privilegiado de la punición y señalamiento social.

La nota publicada el 7 de abril del 2004 conserva plena vigencia:

Algunos periodistas de mala fama construyen opinión pública en busca de consensos para reprimir a los niños. Rossana Reguillo escribe que los signos son preocupantes. En la vida cotidiana, en los discursos políticos y periodísticos, va cobrando fuerza ese discurso autoritario, duro, de limpieza social, que amenaza con ganar adeptos porque ofrece la cómoda certidumbre de que la única salvación consiste en el exterminio de todos aquellos elementos que amenazan y perturban el simulacro de la vida colectiva que se mantiene a fuerza de murmullos y suspiros entrecortados para no despertar al demonio. Pero si bien no creo que estemos en el infierno, vivimos su anticipo.

García Márquez se preguntó alguna vez si la Tierra no será el infierno de otros planetas. Tal vez sea mucho menos: una aldea sin memoria, dejada de la mano de sus dioses en el último suburbio.

En eso andan los medios de comunicación, con letra de imprenta o imagen de 4 tintas. Las semillas de las palabras caen en la tierra de los condenados y la cubren con una vegetación delirante.

Radio 10, a través de su mentor, el "periodista" Daniel Hadad, se destaca en la Cruzada contra los niños "infieles", alentando a tomar por asalto las calles contaminadas de pibes de malabares para que puedan los "buenos peregrinos" derramar toda esa gracia inocente en el "Santo Sepulcro" de los supermercados.

Un cronista policial en TV habló de ladrones de "pantalón corto": de la maldad de los niños pobres, que no tienen códigos como los tenían los ladrones de ayer, expresaba con cierta nostalgia. Carlos Ruckauf -con su vocación intacta de mano dura- manifestó a Página/12 que "los jueces alientan a los asesinos".

Se ha transformando a los grandes medios de comunicación en la sede de una estrategia temporal de represión y menoscabo de la vida de los pobres. Somos consumidores del espectáculo siempre "deleitoso" de la miseria, de la tragedia y del espectáculo "conmovedor" de los esfuerzos de los que la provocan, para luego erradicarla, y ponen en el cielo un grito desgarrador: hay que bajar la edad de imputabilidad disparando a las víctimas.

Fue aquí -decía Camus- "donde mi generación aprendió que uno puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma, y que a veces el coraje no obtiene recompensa".

¿A qué edad imputamos a un menor? ¿A los 14 años? Parece no ser suficiente. ¿Quizás a los 12? ¿Hay discernimiento en esas edades? ¿Sabe un niño diferenciar lo bueno de lo que no lo es? ¿Lo prohibido de lo permitido? Manuel Ossorio, hombre de prestigio del Derecho, dice que "quien obra sin discernimiento absoluto no puede darse cuenta del alcance, del valor ni de las consecuencias de las acciones que realiza". El discernimiento puede estar disminuido por varias causas, las anímicas, el miedo, la ofuscación. ¿No está mutilado un niño que sufre hambre, abandono, que ha sido violentado, que vive a la intemperie? ¿No está afectado el niño que no tiene los insumos básicos de la crianza humana: la familia, la ternura, el abrigo, el pan?

Es entonces que dentro del ámbito del Derecho Penal los niños, afectados por la ausencia de derechos que nunca le otorgaron, no pueden discernir plenamente la índole delictiva del acto que realizan, porque no pueden diferenciar entre el bien y el mal.

Invocar discernimiento precoz es condición, pero no suficiente. Entonces, invocan las figuras más nefastas del oscurantismo penal, nos recuerdan la concepción positivista del "delincuente natural", las genéticas irreparables de nuestros niños pobres.

En La pena de muerte de Albert Camus y Arthur Koestler, este último escribe que en Gran Bretaña los niños de menos de siete años no eran pasibles de la pena de muerte. Sin embargo, entre los siete y los catorce años podían ser ahorcados si había contra ellos "una prueba evidente de perversidad". La perversidad producía la "mayoría de edad penal". Así, en 1801, Andrew Brenning, un niño de trece años, fue ahorcado en público por introducirse en una casa, forzando la entrada, y robar una cuchara. En 1833 un niño de nueve años fue condenado a la horca por haber robado, a través de una vidriera rota, unas tizas de colores.

Los medios de comunicación van contra la familia y le imputan engendrar más hijos de los que la pobreza le permite, de haber transformado la crianza humana en algo lábil, cuando procede el tiempo de los azotes, de utilizar a sus hijos, de convertirlos en pesadillas humanas. Y van contra la escuela pública por no haber puesto sus técnicas de dominación para someterlos. Esto ocurre en abril de este año. Pero es una historia que ya nos contaron los libros o nuestros abuelos con sus tertulias, esa memoria carnal que se transmite a través de las ternuras.

Cuando la inmigración en Argentina fue objeto del menosprecio social, a fines del siglo XIX y principios del XX, en realidad, lo que se buscaba era eliminar a los no asimilables, los hombres y mujeres que luchaban por sus derechos. Meléndez, en el año 1900, encontraba en la herencia una de las causas de la delincuencia de menores, principalmente en las colectividades italiana y francesa. Luis Agote, diputado por el Partido Conservador, decía el 27 de agosto de 1919 en la Cámara de Diputados: "Tengo en mi banca varias sentencias de jueces condenando por reincidentes a chicos de 10, 11, y 12 años de edad. Si se buscan los antecedentes de estos pequeños criminales, se encuentra que son lustrabotas, vendedores de diarios o mensajeros".

Hoy como ayer se oculta, se niega, se vela las causas que producen el maltrato y el abandono. Se trata como un fenómeno individual lo que es un producto social, y se le adjudica a la familia humilde una responsabilidad que es colectiva. La mayoría de los medios informativos no derrama una sola palabra, una sola imagen sobre el capitalismo que omite generar "condición humana".

En el espacio no euclidiano del nuevo milenio, una curvatura maléfica desvía invenciblemente todas las trayectorias. Es el fin de la linealidad, del progreso. En esta perspectiva, el futuro ya no existe, como lo expresa Jean Baudrillard.

Para todos los niños tiene la muerte una mirada, explotados directa o indirectamente por el sistema -son hoy como ayer- la expresión más elocuente de un continente de violencia y de explotación de la vida humana. El hambre que mata niños cada día, sin ese poco de pan que era obligado, sin la ayuda de aquellos que debieron cantarles.